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Gerardo Ledezma

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¿Censura o libertad? México debate las palabras mientras la inseguridad sigue tocando la puerta

Hay días en que noticias aparentemente inconexas terminan contando una misma historia. Hoy México discute quién puede poner límites a las palabras, mientras millones de ciudadanos siguen esperando que alguien ponga límites a la delincuencia.

Por un lado, la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones insiste en que los nuevos lineamientos para proteger los derechos de las audiencias no representan censura. Del otro lado, la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión advierte que conceptos como “información falsa” o “información descontextualizada” son lo suficientemente ambiguos para que, en el futuro, una autoridad termine interpretando qué contenidos son aceptables y cuáles no.

Tal vez nunca ocurra. Ojalá no ocurra. Pero las leyes no se redactan pensando únicamente en quienes hoy ocupan el poder, sino en quienes llegarán mañana. Por eso, cuando una norma deja espacios para interpretaciones discrecionales, la obligación de cualquier democracia es discutirla hasta despejar cualquier duda.

Como si el momento no fuera suficientemente delicado, el mismo día el INE ordenó retirar publicaciones del dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno, por calificar a Morena como “narcopartido” y “narcogobierno”. La autoridad sostiene que podrían constituir expresiones calumniosas; el líder priista responde que se intenta silenciar la crítica política y acusa al árbitro electoral de perseguir palabras en lugar de concentrarse en problemas que siguen lastimando al país.

Ambos casos son distintos, pero inevitablemente se cruzan en una misma pregunta: ¿dónde termina la regulación y dónde comienza la censura?

La libertad de expresión nunca ha consistido en proteger únicamente aquello que resulta cómodo o políticamente correcto. Su verdadera fortaleza aparece cuando ampara las opiniones incómodas, las críticas severas y hasta los excesos del debate político, siempre dentro de los límites que marca la ley.

Mientras ese debate ocupa titulares, otra noticia recuerda la realidad cotidiana del país. Más allá de que Karely Ruiz sea una figura conocida por su contenido en OnlyFans y otras plataformas para adultos, el delito que denunció no distingue profesiones, fama ni condición económica. Tras sufrir un robo en su domicilio, anunció que buscará justicia “hasta las últimas consecuencias”, recordando que cuando la delincuencia entra a una casa no solo se lleva objetos: también arrebata la tranquilidad de una familia.

Y ahí aparece la otra gran libertad: la de sentirse seguro.

Paradójicamente, mientras casos como éste recuerdan que la inseguridad sigue presente en la vida cotidiana, el gobernador Samuel García volvió a destacar que Nuevo León cuenta con instituciones de seguridad de primer nivel y presumió los reconocimientos nacionales e internacionales obtenidos durante el Mundial de 2026. Los avances institucionales son importantes y merecen reconocerse, pero la percepción ciudadana continúa construyéndose a partir de hechos concretos que ocurren todos los días.

Las estadísticas son necesarias para medir resultados. Sin embargo, la confianza no se gana únicamente con rankings, reconocimientos internacionales o reducciones porcentuales en determinados delitos. La verdadera evaluación ocurre cuando una familia puede dormir tranquila, cuando un comerciante abre su negocio sin temor y cuando un ciudadano siente que su hogar sigue siendo el lugar más seguro.

Hoy México debate hasta dónde pueden llegar las palabras y quién debe ponerles límites. Al mismo tiempo, millones de ciudadanos siguen esperando que el Estado haga lo propio con quienes todos los días cruzan la línea de la ley.

Regular las palabras puede ser más sencillo que combatir a la delincuencia. El verdadero reto de cualquier gobierno es demostrar que puede hacer ambas cosas sin sacrificar la libertad.