
Del protagonismo al descrédito… y de las disculpas a las amenazas
Hay quienes construyen carreras enteras alrededor del espectáculo. Mientras haya una cámara enfrente, todo parece válido: romper puertas, gritar, señalar culpables, improvisar juicios y presentarse como los únicos defensores del pueblo. El problema llega cuando las instituciones comienzan a investigar y los reflectores dejan de apuntar hacia la actuación para iluminar los expedientes.
El caso de Patricio “Pato” Zambrano es el mejor ejemplo. Durante meses vimos al personaje encabezando invasiones a propiedades, derribando candados, ingresando a viviendas ajenas y transmitiendo todo como si la ley pudiera sustituirse con una transmisión en vivo. El discurso era el de siempre: ellos eran los buenos y los demás, los malos.
Pero la historia dio un giro que pocos imaginaron.
Ahora resulta que la propia Fiscalía General de Justicia de Nuevo León reconoce que fue el testimonio de Zambrano el que permitió obtener sentencias condenatorias contra integrantes de aquel grupo que presumía defender los derechos humanos. En otras palabras, terminó declarando contra quienes caminaban a su lado. Como dicen coloquialmente en Colombia, terminó convertido en “sapo”.
Qué rápido cambian los papeles cuando aparecen las carpetas de investigación. El justiciero terminó siendo testigo de cargo. Los que se presentaban como defensores hoy aceptan responsabilidades mediante procedimientos abreviados. Y queda una pregunta inevitable: ¿cuántas personas fueron afectadas por estos espectáculos disfrazados de activismo?
Porque una cosa es ayudar a quien verdaderamente sufre un abuso y otra muy distinta convertir la justicia en un show para redes sociales.
Mientras eso ocurre en Nuevo León, el mundo también vive tiempos donde las instituciones parecen caminar sobre hielo delgado.
La FIFA, una organización acostumbrada a presentarse como el gran rector del futbol mundial, tuvo que hacer algo poco común: pedir perdón. Admitió que cometió errores al intentar sacar adelante un proyecto multimillonario sin la transparencia suficiente y sin consultar adecuadamente a quienes integran su estructura.
No pidió disculpas porque quisiera hacerlo. Lo hizo porque la presión de federaciones, ligas y dirigentes amenazaba con convertirse en una crisis que incluso podía alcanzar a Gianni Infantino.
Cuando una institución necesita disculparse para salvar a su presidente, queda claro que el problema nunca fue únicamente el proyecto, sino la forma en que se ejerce el poder.
Y si de ejercer el poder se trata, Donald Trump volvió a demostrar que su campaña seguirá teniendo un enemigo favorito: sus propios socios comerciales.
Esta vez calificó a Canadá como un país “repugnante” y volvió a colocar a México entre las naciones que, según él, se han aprovechado de Estados Unidos mediante barreras comerciales y aranceles. No sorprende. Es el mismo libreto que le ha dado resultados políticos durante años: señalar culpables fuera de sus fronteras para fortalecer el discurso nacionalista dentro de ellas.
Pero las palabras de Trump llegaron acompañadas de otra declaración que merece todavía más atención.
El nuevo director de la DEA, Terry Cole, lanzó una advertencia directa al afirmar que ningún político mexicano que proteja a los cárteles estará fuera del alcance de las investigaciones estadounidenses. Es una declaración delicada porque vuelve a colocar sobre la mesa un tema que durante décadas ha incomodado a todos los gobiernos mexicanos: la infiltración del crimen organizado en las estructuras del poder.
Si existen pruebas, que se presenten. Si existen funcionarios involucrados, que respondan ante la justicia. Lo que México ya no necesita son acusaciones utilizadas como herramienta política por un país extranjero ni discursos nacionalistas que sustituyan las investigaciones serias.
Y en medio de tanto ruido político apareció una voz distinta.
Desde la Basílica de Guadalupe, el secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, dedicó un mensaje a las madres buscadoras. No habló de ideologías, no buscó culpables mediáticos ni ofreció soluciones fáciles. Simplemente reconoció el dolor de miles de mujeres que siguen buscando a sus hijos desaparecidos y recordó que ninguna madre deja de luchar por encontrar a quien ama.
Quizá ese fue el mensaje más poderoso del día.
Porque mientras unos derriban puertas para ganar seguidores, otros piden perdón para conservar el poder, algunos lanzan amenazas desde Washington y miles de familias siguen esperando justicia.
México necesita menos protagonismo y más instituciones. Menos espectáculos y más resultados. Menos discursos y más verdad.
Porque al final, los reflectores se apagan, las cámaras dejan de transmitir y las redes sociales olvidan rápido.
Las víctimas, en cambio, siguen esperando. Y ellas nunca tienen el privilegio de cambiar de papel cuando termina la función.




