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Gerson Gómez

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El balón entre dos muñones

La calle Bernardo Reyes huele a caldo de pollo y a diesel. A dos cuadras, el templo de la Goretti, el comedor de los pobres, dicen todos, abre sus puertas como cada mañana. Fila de indigentes, migrantes, vagabundos, mujeres con niños dormidos en rebozo, hombres de mirada hundida. Aquí, en este cruce donde los semáforos duran eternos, dos hombres sostienen el mundo sobre un balón.

Uno se llama Edwin. El otro, José Luis. Ambos centroamericanos. Ambos sin una pierna. Edwin perdió la izquierda. José Luis, la derecha. Juntos suman un par completo de piernas ausentes y una sola voluntad de sobrevivir.

El balón sube. Gira. Se posa en el empeine de Edwin como un pájaro amaestrado. Lo lanza al aire con el muñón de la muleta y José Luis lo recibe de pecho, lo domina, lo hace rodar por su espalda. Los automovilistas bajan la ventanilla. Algunos por compasión. Otros por asombro.

Órale, pásenle, dice una señora desde un Tsuru verde, extendiendo un billete de veinte pesos.

Edwin se acerca cojeando con agilidad de bailarín. Sonríe. Siempre sonríe.

Gracias, madre. Dios la bendiga.

Los caminos de la vida no son como los soñé, no son como los pensaba.

Edwin venía de Honduras. Tenía diecinueve años cuando intentó subir a La Bestia en Coatzacoalcos. El fierro no perdona. Resbaló entre los vagones y la rueda le arrancó la pierna izquierda a la altura de la rodilla. Despertó en un hospital de Veracruz sin saber su nombre, sin documentos, sin pierna, sin sueño americano.

José Luis salió de Guatemala con diecisiete años. Llegó hasta Nuevo León. Ahí tomó otro tren, uno más pequeño, rumbo a la frontera. También resbaló. También perdió. La pierna derecha, cercenada por el mismo metal indiferente, en evento distinto, en otra vía, bajo otro cielo. Con idéntico resultado.

Se conocieron en el albergue de Monterrey. Dos jóvenes sin pierna, sin país, sin futuro visible. Pero con balón desinflado alguien les regaló.

¿Cómo aprendieron a hacer equipo? pregunta el transeúnte detenido en la banqueta, hipnotizado por el espectáculo.

Edwin se recarga en la muleta. Mira a José Luis. José Luis responde.

Mire, al principio cada quien pedía por su lado. Yo en una esquina, él en otra. Un día nos pusimos a jugar ahí en el albergue, y la gente se paraba a vernos. Nos echaban monedas sin pedirlas. Ahí entendimos.

Aprendimos repite Edwin, la cosa es juntos. Separados somos dos cojos pidiendo limosna. Juntos somos algo diferente. Algo digno.

El semáforo cambia. Los autos arrancan. Ellos regresan al camellón. Se sientan en un cartón. Beben agua de una botella compartida. Esperan el siguiente rojo.

Yo caí por inocente, yo caí por no saber.

Una mujer arrastra un carrito del supermercado lleno de cobijas rumbo al comedor de la Goretti. Se detiene a mirarlos.

Ustedes son los de siempre, ¿verdad? Los del balón.

Los mismos, señora —dice Edwin.

¿No les da frío aquí en la noche?

Ya no dormimos aquí. Rentamos un cuartito allá por la coyotera. Entre los dos juntamos para eso.

¿Y se reparten parejo? José Luis ríe.

Mitad y mitad. Siempre. Lo del día se parte en dos. Si hay cien, cincuenta y cincuenta. Si hay veinte, diez y diez. Así no hay pleito.

La mujer asiente. Les deja dos tortas envueltas en servilletas. Sigue su camino hacia el comedor.

El balón traza espirales en el aire de Monterrey. Sube entre el humo de los camiones, entre el ruido de los claxons, entre las miradas de quienes van y vienen por Bernardo Reyes. Edwin lo eleva con el talón de su único pie. José Luis lo cabecea. Lo detienen entre los dos, pecho contra pecho, el balón suspendido como un corazón compartido.

Un taxista grita desde su unidad. ¡Mejor métanse a un circo, cabrones! Edwin no se ofende. Levanta la mano en señal de paz.

El circo es la vida, mi hermano. Los caminos de la vida me enseñaron a llorar.

El sueño americano terminó en medio de las vías del tren. Para ambos. No hubo Estados Unidos. No hubo dólares enviados a casa. No hubo regreso triunfal. Hubo fierro, sangre, hospital, prótesis nunca conseguida, muletas de aluminio donadas por una iglesia, y después la calle. La misma donde ahora el balón es su herramienta de trabajo, su dignidad reconstruida, su manera de decirle al mundo, seguimos vivos.

¿No extrañan su país? pregunta el joven universitario detenido en el semáforo, con la ventanilla abajo.

Siempre dice José Luis. Allá tampoco hay nada. Al menos aquí tenemos esto.

Señala el balón, a Edwin. Señala el cruce de Bernardo Reyes con su río interminable de automóviles.

Tenemos equipo completa Edwin.

El semáforo se pone en rojo otra vez. Ambos se levantan. Acomodan las muletas bajo los brazos. El balón rueda entre ellos como un tercer compañero. Edwin lo levanta con un toque magistral. José Luis lo recibe de espaldas, lo gira sobre su nuca, lo deja caer al empeine. La gente mira. Alguien graba con el celular. Alguien más baja la ventanilla y extiende la mano con unas monedas.

La calle Bernardo Reyes sigue oliendo a caldo de pollo y a diesel. A dos cuadras, el comedor de la Goretti sirve el último plato del día. Pero aquí, en este cruce, dos hombres sin pierna completa le dan vueltas al mundo con el balón gastado.

No llegaron al norte. Pero llegaron a algo. Saberse necesarios el uno para el otro. A entender la vida no como un camino recto hacia algún destino, sino como esa espiral del balón en el aire, impredecible, suspendida, hermosa en su fragilidad.

El rojo se apaga. El verde los detiene. Regresan al cartón. José Luis mira a Edwin. Edwin mira el balón. Mañana otra vez, compa. Mañana otra vez.

Los caminos de la vida no son lo que yo esperaba. El balón descansa entre dos muñones, como promesa redonda en medio del mundo roto.