
El imperio del todo incluido
En Cancún aterrizó el vuelo 404 del Sueño Americano. Bajaron doscientas almas color langosta prematura, armadas con sandalias tácticas, vasos térmicos del tamaño de extintores y convicción inquebrantable. México es parque temático construido exclusivamente para vacaciones.
El primero en descender fue Bob, gerente regional de algo. Había llegado dispuesto a vivir la auténtica experiencia mexicana. Por eso se hospedó en un resort donde el personal hablaba inglés mejor que él, el desayuno incluía hot cakes de Illinois y la música ambiente era una versión tropical de Sweet Home Alabama.
Bob declaraba amar la cultura mexicana. Nunca salió del hotel.
A tres camastros de distancia descansaba Brenda, veterana de veinte temporadas de spring break. Había venido a conectarse con las raíces latinas. Resultaron estar localizadas entre la barra libre y una piscina con forma de riñón.
Cada tarde preguntaba dónde podía encontrar comida auténtica mexicana. Por las noches terminaba cenando hamburguesas. Fenómeno antropológico fascinante. El turista estadounidense cruza miles de kilómetros para descubrir un país diferente y luego invierte enormes cantidades de energía intentando ese país se parezca exactamente al abandonado.
Los hoteles lo entendieron hace años. El negocio perfecto consiste en vender exotismo sin riesgos. Una especie de safari cultural donde el jaguar ha sido reemplazado por un barman llamado José sirviendo margaritas fluorescentes.
En las playas se desarrollaba el ritual ancestral del spring breaker. Cientos de jóvenes recorrían las costas con la coordinación motriz de un venado recién nacido sobre pista de hielo.
A las tres de la mañana podía observarse un espécimen particularmente llamativo. Vestido con camiseta de tirantes. No recordaba su nombre, hotel, estado de origen. México resulta fantástico.
Los gobiernos firman tratados. Los estudiantes cuentas impagables en los bares.
En otra esquina del país prospera una modalidad distinta de visitante. El nómada eterno. llega para quedarse dos semanas. Misteriosamente, celebraba su décimo aniversario viviendo en una colonia gentrificada. Vine por seis meses, dice.
Eso lo menciona durante nueve años consecutivos. Conoce todas las cafeterías artesanales. Se queja del tráfico local. Opina sobre la política nacional. Sigue refiriéndose a sí mismo como turista.
Criatura extraordinaria. El inmigrante nunca aceptaba serlo.
Más al norte aparece otra tribu. Los peregrinos del turismo médico. Individuos capaces de cruzar la frontera internacional para hacerse una limpieza dental, cirugía o revisión médica. Lógica simple.
Estados Unidos la radiografía cuesta lo mismo a la motocicleta usada. México cuesta menos a estacionarla.
Ciudades enteras organizadas alrededor de clínicas, consultorios y farmacias. Los visitantes llegan con dolor de muelas y regresaban con sonrisa impecable, tres recetas y la sensación de haber cometido el acto financiero revolucionario.
El espectáculo más notable sigue la relación emocional entre ambos países. Cada temporada describen a México como un lugar peligrosísimo. Esas mismas voces reservaban vacaciones para Semana Santa.
El razonamiento parecía ser. Demasiado peligroso para vivir, perfecto para un fin de semana largo. La contradicción tan monumental merece su propio monumento. Tal vez una estatua, pirámide, pirámide con estacionamiento.
México sigue recibiendo visitantes. El turismo funciona como una extraña religión moderna. Los europeos llegan buscando historia. Los canadienses buscan clima. Los estadounidenses buscan descuentos. Todos terminan buscando señal de wifi.
Los últimos turistas regresan a sus habitaciones y las playas recuperan algo de dignidad, queda una enseñanza profunda.
Las naciones pueden discutir sobre comercio, migración, política y soberanía. Nada une más al continente a un visitante perdido preguntando ¿Dónde está la experiencia auténtica? Se encuentra justo detrás de él. Esperando. Ignorada. Sin pulsera de resort, promoción dos por uno., necesidad de traducirse
El verdadero milagro del turismo moderno no consiste en visitar otro país. Consiste en cruzar una frontera para descubrir algo nuevo y pasar una semana entera evitando ocurra. Venir a México no es un derecho, sino un privilegio. Eso incluye revisión de redes sociales. Encontrar publicaciones si hablan mal del país. Pagar el mismo precio al impuesto al turista mexicano visitante en los Estados Unidos de América.
Invitar a quienes se encuentran ilegalmente a volver al medio oeste, su lugar de origen. No republicanos vulgares, participantes de la toma del Congreso e indultados por su fiduciario. Devolver dignidad a la nación mexa. Luego, si Dios quiere, revisiones exhaustivas en los puertos de entrada. Firmar la responsiva de no romper ninguna de las leyes mexicanas. En situación contraria, será expulsado o dependiendo la profundidad de la falta, enfrentar a la justicia nacional dentro del centro de readaptación social.




