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Gerardo Ledezma

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Cobrar más, dejar sin medicinas y vigilar hasta las palabras

Hay una constante en las tres polémicas de estos días: el poder quiere más recursos, las instituciones no siempre responden y ahora la tecnología pretende ayudarnos a distinguir hasta lo que escribimos. Tres asuntos distintos, pero una misma pregunta: ¿quién vigila a quienes toman las decisiones y quién responde cuando sus decisiones fallan?

La reforma fiscal es el primer foco de alerta. El Gobierno quiere cerrar espacios a la evasión y elevar la recaudación. Hasta ahí, nadie debería defender las facturas falsas ni los mecanismos diseñados para no pagar impuestos. El problema comienza cuando, en nombre de combatir los abusos, se corre el riesgo de tratar los ingresos de una empresa como si fueran sus ganancias.

Vender cien pesos y gastar 98 no significa tener una empresa rica. Significa que quedan dos pesos antes de considerar otras obligaciones. Si las deducciones se restringen sin medir correctamente los costos, el fisco puede terminar cobrando sobre una utilidad que no existe. Y cuando una empresa deja de invertir, reduce operaciones o frena contrataciones, el efecto no se queda en una hoja de cálculo: alcanza a trabajadores, proveedores y familias.

Hacienda argumenta que busca que las empresas contribuyan de acuerdo con su capacidad económica. La pregunta es si las reglas propuestas realmente lo garantizan. Combatir la evasión es indispensable; confundir facturación con riqueza sería un error. El Estado necesita recaudar, pero no puede convertir cada peso que circula en dinero disponible para cobrar impuestos sin distinguir lo que cuesta producirlo.

Y mientras el Gobierno discute cómo obtener más recursos, en Monterrey los trabajadores del IMSS salen a las calles para denunciar que faltan medicamentos, especialistas, anestesiólogos, cirujanos y materiales básicos. Hablan de cirugías retrasadas, insumos que no llegan y artículos tan elementales como jabón y papel sanitario.

El contraste es difícil de ignorar. Se exige cumplir con las obligaciones fiscales, pero los ciudadanos también tienen derecho a exigir que los servicios públicos funcionen. ¿De qué sirve presumir recaudación si los pacientes enfrentan carencias y el personal médico asegura que debe poner de su bolsillo materiales para trabajar?

Los bloqueos afectan a miles de automovilistas y no pueden convertirse en la solución permanente. Pero tampoco se resuelve el problema condenando la protesta mientras se dejan sin respuesta las denuncias. La autoridad debe investigar, transparentar el abasto, explicar la falta de personal y establecer compromisos verificables. La salud pública no puede depender de que los trabajadores aguanten un poco más ni de que los pacientes aprendan a esperar.

La tercera polémica nos lleva a otro terreno: la inteligencia artificial y los sistemas que buscan reconocer si un texto fue generado por una máquina. La promesa es atractiva en un mundo saturado de contenido artificial. Sin embargo, hay una diferencia enorme entre detectar indicios y demostrar una verdad.

Un detector puede equivocarse. Su precisión puede cambiar según la extensión del texto, el tema y las modificaciones que se hagan. Identificar un patrón estadístico no demuestra quién escribió un contenido, cuánto intervino una persona ni si hubo intención de engañar. Convertir una herramienta probabilística en juez sería abrir la puerta a acusaciones injustas contra estudiantes, periodistas, investigadores y trabajadores.

La tecnología puede ayudar, pero no sustituye el criterio. Y una empresa que desarrolla estas herramientas tiene la responsabilidad de explicar sus límites, especialmente cuando sus resultados podrían afectar la reputación o el trabajo de alguien.

Las tres discusiones terminan frente al mismo espejo. El Gobierno quiere cobrar con “mayor eficacia”; los trabajadores del IMSS reclaman condiciones para atender a la población; y las empresas tecnológicas buscan herramientas para identificar el origen de lo que leemos. En los tres casos, el discurso de la eficiencia puede sonar convincente, pero debe demostrar que funciona y que no atropella derechos en el camino.