
Libros para colorear, lectores para aparentar
Huele a elote, a papel nuevo y a sudor escolar. Es la edición treinta y cuatro de la FIL Monterrey. Abrió el sábado diez y cierra el domingo dieciocho. La entrada cuesta cero pesos. Lo gratis siempre llena.
Organiza el Tec de Monterrey. El Colegio Nacional figura como invitado de honor. El cartel presume a Le Clézio, Nobel francés, de manera holográfica, a distancia, además de Carrère, Rita Dove, Padura y Manguel. Son nombres pesados. Pocos pisan los pasillos. La mayoría vive en el programa impreso, como santos de estampita.
El país mira de reojo. Guadalajara es la hermana mayor, la más grande del idioma. Monterrey se vende como prima norteña, menos abrumadora y sin cobro. Tijuana canceló su feria semanas antes de abrir. Aquí resisten. En México, resistir ya cuenta como logro.
La mañana pertenece a los colegios particulares. Llegan en autobuses con aire acondicionado. Los uniformes vienen planchados y las mochilas traen rueditas. Las maestras portan gafete, lista de asistencia y voz de sargento. Los niños caminan en fila, de dos en dos, corderos con colegiatura. Compran libros para colorear. Pintan dentro de la línea. Aprenden temprano el arte de no salirse. Papá paga con tarjeta y mamá sube la foto.
Por las bocinas suenan Vivaldi, Mozart y Beethoven. Es música para tranquilizar conciencias. El Pabellón de la Niñez presume casi mil sesiones, con el aire como tema. El aire, por cierto, sale de cortesía.
En el primer piso, las casas editoriales intentan vender. Sonríen como aseguradoras. Ofrecen descuentos, marcapáginas y bolsas de tela. Detrás del mostrador, el editor calcula la renta del stand. Nadie lo juzga. Todos comen.
Ir a las presentaciones exige escalar hasta el segundo y tercer nivel. Pocos lo intentan. Arriba aguardan salas frías, quince sillas y cuatro ocupadas. El autor lee. El moderador elogia. El público cabecea. Alguien toma foto para su historia de Instagram. El silencio es sepulcral, ideal para literatura póstuma. Los autores valiosos escasean. Los otros llenan el horario.
A media tarde cambia el público. Aterrizan las escuelas públicas. Vienen de la Normal para maestros Miguel F. Martínez y de las prepas de la UANL. Traen uniforme arrugado, hambre y mochila ligera. Se orean. Zoncean entre ellos. Se empujan, ríen, graban videos. Compran chucherías: papitas, gomitas, llaveros. Algunos se llevan manga. Otros prefieren sagas fantásticas, con dragones y huérfanos elegidos. Los más ambiciosos cargan clásicos de dominio público, baratos o regalados.
Quieren ser cultos. Intentan parecerlo, al menos. Los docentes cumplen su obligación: firma, sello, foto grupal, regreso a casa. Nadie cuestiona el trámite. El sistema premia la presencia, nunca la lectura.
El sonido cambia con el sol. Por la mañana, orquesta. Por la tarde, rock en español y música urbana. Caifanes cede turno al reguetón. Sale la misma bocina y entra otra clase social. Cintermex funciona de termómetro: lo clásico para quienes pagan colegiatura, lo ruidoso para el resto. Nadie lo planeó. Ni necesita planearlo.
Entre tanto, la logística recuerda a feria de rancho con corbata. Cambian horarios. Mueven presentaciones. Las confirmaciones llegan tarde. El programa dice una cosa, la sala otra y el letrero ninguna. Los autores aparecen veinte minutos después, o jamás. El público espera con paciencia de fila en el banco.
La verdad incómoda ronda el edificio. México lee poco. En provincia, menos. Casi nada. Leer funciona como estatus, no como hábito. Se compra el libro para la repisa, la foto y el prestigio. Se exhibe el lomo y se ignora el contenido. Pocos abren las páginas. La feria vende pertenencia, no lectura.
El próximo domingo, los organizadores dirán las cifras. Hablarán de récord de asistencia, de marcas rotas, de éxito rotundo. Contarán cabezas, no lectores. Cabezas sobran. Lectores se cuentan con los dedos de la mano.
La pregunta flota entre los estands. ¿hasta cuándo aguantará este montaje? El Tec pone estructura. El gobierno aplaude. El patrocinador cuelga su logotipo. La entrada gratuita sostiene la fila. La fila sostiene la estadística. El recuento sostiene el presupuesto. Si falla alguna pieza, todo tambalea. Tijuana ya lo demostró.
Cierro la libreta cerca de las ocho. Afuera, la fila del estacionamiento supera a la de cualquier presentación. Ahí se encuentra la verdadera feria. El día en cobren boleto, sabremos cuántos leen. Ese día bastará con apagar las luces, echar llave y dejar al Nobel conversando con el vigilante.




