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Gerson Gómez

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Elefante a la parrilla

El planeta entero, Hollywood y la academia arropan al burro azul. El elefante se devora a bocados. El manual de la derrota republicana sigue la receta. Primer bocado: la Cámara baja. Segundo: el Senado. Tercero: la indigestión, cuando llegue.

El paquidermo huele a naftalina y a cacahuate rancio. Los comensales afilan cuchillos, planchan servilletas y brindan por adelantado.

Reuters, citada por la prensa taiwanesa, ubica la Cámara en 218 republicanos contra 214 demócratas, con dos vacantes, y a los azules les bastan cuatro escaños netos en cada recinto. Dos sillas yacen vacías, como en los velorios. Cuatro escaños cabrían en la cajuela de cualquier taxi regiomontano.

Los australianos de The Conversation reseñan el modelo de Nate Silver: la boleta genérica da a los demócratas 51.6 por ciento contra 42.1 para los republicanos, ventaja de casi diez puntos. El Senado azul tiene tres oportunidades de cuatro. La Cámara roja luce sepultada, con corona de flores y todo. Ojo: los mapas republicanos, trazados con bisturí de carnicero, exigen a los azules al menos cuatro puntos de margen para ganar la Cámara con holgura.

Los estados rojos tiemblan. Kansas, Iowa, Texas, Alaska y Ohio, donde Trump arrasó por dobles dígitos en 2024, muestran a los demócratas arriba por entre uno y cuatro puntos. Tierra de vacas, maíz y petróleo, hoy teñida de añil. Hasta las vacas dudan.  Las casas de apuestas discrepan. Cotizan la Cámara azul a 84 centavos, mientras el Senado oscila casi a mitades, con ligera ventaja roja. Silver ve cadáver azul. Los apostadores, cadáver rojo. Hay difunto para todo gusto.

Fox News, hogar natural del elefante, reconoce el ánimo sombrío: inflación terca, guerra impopular con Irán y aprobación presidencial bajo el agua. Su cena de recaudación juntó 36.8 millones de dólares, récord. Ni el caviar mejor pagado frena el rigor mortis. Mientras tanto, la aprobación del presidente marca mínimos históricos y la gasolina roza máximos. Nada une tanto a un electorado como el tanque vacío.

El apoyo internacional. Europa trae palomitas. Los catedráticos de ciencia política, de Bolonia a Buenos Aires, reparten bibliografía a favor del burro. Los actores estrenan indignación sobre la alfombra roja. Los editorialistas sermonean en tres idiomas y cobran en euros. Taipéi madruga: cuando cierren las primeras urnas, serán las ocho de la mañana del 4 de noviembre en Taiwán. Todo el medio intelectual protege al burro. El burro, agradecido, rebuzna.

Ahora, las implicaciones. Pronóstico de cantina, sin garantía. Si gana el burro, la cena se pone fea para el comedor republicano. Llegarían las comisiones de investigación, los citatorios y la llave del presupuesto en manos azules. El presidente conservaría el veto, la pluma y el berrinche. Washington se convertiría en rastro de reses: cierres de gobierno, pleitos de pasillo, dos años de ruido sin ley. Con Senado azul, además, los nombramientos judiciales se atorarían como tamal en la garganta.

Si gana el elefante, brindan los trompudos. Con el Senado intacto, las designaciones fluyen como mezcal en bautizo. Sin contrapeso, la Casa Blanca gobierna a rienda suelta y la oposición, con pañuelo. Hasta el empate favorece al paquidermo: un Senado 50-50 seguiría republicano, pues Vance desempata. Una victoria así alimentaría la leyenda de invencibilidad. Los azules tendrían entonces dos años para leer sus propios obituarios.

La defensa republicana, justo es decirlo, tiene argumentos. Mapas generosos. Caja récord. Encuestas falibles, pues los pronósticos fallan más seguido de lo admitido. Además, Trump no figura en la papeleta, y los demócratas suelen lucir mejor cuando pocos votan. Los elefantes, ya se sabe, nunca olvidan; los votantes, a veces, tampoco perdonan.

Falta paciencia. Maine y Alaska usan voto preferencial, método capaz de demorar el veredicto una semana o más. La agonía se prolonga. El elefante, tan sufrido, agradece la prórroga.

Llegará el martes 3. Caerá el telón. Rodará la trompa, rebotará la pezuña y brotará el champán sobre el cadáver, sea cual sea su color. Entonces el planeta entero, de Taipéi a Tegucigalpa, de Bolonia a Bogotá, alzará la copa, mirará el plato vacío y comprenderá la lección eterna del festín: nadie se come al elefante. El elefante se come a quien lo intenta, y siempre pide postre.