
La Perla: Un Titanic de Lodo y Clamato
Presa de la Boca, cuerpo de agua. Caldo de cultivo para la neurosis colectiva de Nuevo León. Es el espejo de agua donde Narciso, en lugar de enamorarse de su rostro, se miraría para revisar si la cadena de oro sigue bien puesta antes de pedir otra cubeta de Carta Blanca.
Y ahí, encallada como un reproche de fibra de vidrio y sueños de grandeza truncados, yace La Perla. El espectáculo de final de temporada. El apocalipsis no llega con jinetes, sino con camionetas blindadas y música de banda a 120 decibelios.
La Perla, ese catamarán alguna vez pretendió ser el Queen Mary de la clase media aspiracional, es hoy el monumento al optimismo tóxico del regiomontano: cascarón negado a hundirse del todo, porque en esta tierra hasta la decadencia debe ser rentable.
El Estilo del Desastre. La cubierta de La Perla el escenario perfecto para una tragedia de “gente bien” venida a menos. Imagino a las señoras de San Pedro, protegidas por lentes oscuros valen más que el motor del barco, suspirando ante la “falta de clase” de una embarcación. Oliendo a fritanga y protector solar de farmacia. Ya no hay respeto por la náutica. Dirían, mientras el catamarán se ladea como un borracho saliendo de un table dance en la Avenida Madero.
La Perla fue diseñada bajo la estética blanca de su estructura. No es el blanco de la pureza, sino el blanco de un refrigerador de exhibición. Es el Kandy-Kolored Tangerine-Flake de la arquitectura fluvial regia. Diseño pensado para el pasajero se sintiera en Saint-Tropez, aunque el paisaje real fuera un cerro pelón y una fila de locales de elotes asados.
La Ética del Encallamiento. La Perla es el único lugar honesto de la presa. ¿Por qué? Porque no finge ser otra cosa más a un fracaso. Mientras los yates de los juniors de turno surcan el lodo con una arrogancia insostenible, La Perla se queda quieta, observando. El nihilismo hecho barco. No va a ningún lado porque sabe, al final del día, el destino de todo en Nuevo León es convertirse en chatarra o en un centro comercial.
Las manchas de óxido en el casco de La Perla son las arrugas en el cuello de una socialité. Cuentan la verdadera historia. El maquillaje de la publicidad intentó ocultar. Es agua tibia y estancada. Cada tornillo suelto un chisme mal contado. Cada ventana rota es promesa de campaña llevada por el viento del norte.
El Combate por el Ego. El intento de reflotar o mantener viva a La Perla una lucha existencialista. Es el hombre contra el sedimento. El macho regio desafiando a la sequía con un par de hieleras y mucha fe en el sistema de bombeo. El ejército de la noche se reúne en los alrededores de la presa. Hordas de familias, armadas con asadores, libran una batalla metafísica contra el aburrimiento.
La Perla no es una embarcación, es un síntoma. Es el síntoma de la sociedad confundida por el lujo con el exceso de volumen. Subir a ese catamarán en sus tiempos de gloria fue un ejercicio de antropología pop. Era ver a la clase trabajadora jugando a ser capitanes de industria por el módico precio de un boleto, mientras el capitán real rezaba en sostener el nivel de la presa. Sin bajar otros diez centímetros y los dejara convertidos en un restaurante de mariscos estático.
El cinismo de la sequía. Hoy, La Perla es un esqueleto resucitado. Recuerda el agua es un privilegio. No un derecho, en la mente del desarrollador inmobiliario. Es cínico ver cómo le tomamos fotos como si fuera una ruina maya, cuando es apenas el cadáver de un negocio mal administrado por el clima y la negligencia.
Es el humor negro de la naturaleza. Nos dio un barco y luego nos quitó el agua. Es como regalarle un peine a un calvo o una biblioteca a un político local. La Perla flota en nuestra memoria colectiva como chiste sin cuenta, pero que todos recordamos cuando el calor nos aprieta el cuello.
La Perla se anuncia en espectaculares. Es el naufragio más lento del mundo. Un Titanic de bolsillo para una ciudad soñadora con el mar, pero que solo ha cosechado polvo, asfalto y una sed insaciable de aparentar.
Marineros en un desierto de concreto. Ahí queda La Perla, señores. No le lloren. Al fin y al cabo, en Monterrey, hasta los barcos mueren de sed y beben moet and chardon tibio, a precio de oropel.




