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Gerson Gómez

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El algoritmo de la impudicia

La geografía del píxel mal gestionado, donde la ética tiene el grosor de una mica protectora rayada, emerge ella. No es una mujer; es sintomatología. La Tía Paty avatar del desaseo cívico, criatura gestada en el fango de los grupos de WhatsApp y parida por el algoritmo de la indignación.

La masa de sociedades secretas intercambiando el archivo .mp4 de la vergüenza ajena. El altar del smartphone. La Tía Paty opera en la penumbra de su recámara, iluminada por el azul cobalto de una pantalla le dicta odiar y a quién extorsionar. Su metodología es de cinismo quirúrgico. El descuido su materia prima.

Ellos saben, en la era de la posmodernidad lo único sólido es el rastro de una mala decisión guardada en la nube.

Aquí no hay amor, solo conectividad. La Tía Paty es sacerdotisa de la hipermodernidad donde el vacío se llena con el inventario de las miserias ajenas. ¿Un video íntimo? Un activo financiero. ¿Una confesión en Facebook bajo los efectos del clericot? Una cláusula de rescisión para la reputación de cualquiera.

Ellos no roban carteras. La narrativa del yo. La estética del pantallazo como en una película. La tragedia de la Tía Paty es comedia de errores donde nadie es inocente y el macguffin es enlace de descarga. Imaginen la escena.

Hombre de mediana edad, con el vello púbico cano y la moral en pausa, envía una foto de su pequeño orgullo a una desconocida. Al otro lado, la Tía Paty no sonríe; calcula. Hay un humor negro intrínseco en ver cómo la tecnología, diseñada para acercarnos a las estrellas, termina siendo el periscopio para observar el fondo del inodoro moral.

El fraude es lenguaje cotidiano. Ahora la ciudad está contenida en un iPhone 17 con la pantalla estrellada. La extorsión no llega con nota de rescate escrita con recortes de periódico, sino con hola, ¿ya viste quién sale en este video?.

Seguido de una cifra en criptomonedas o depósitos en el OXXO. Es el amarillismo convertido en método de ahorro. El festín de la impudicia. El hambre aquí no es de pan, sino de exposición. La Tía Paty se alimentó de la necesidad patológica de ser visto, incluso si lo se mostrado es la anatomía del desastre. Ellos fueron los cronistas del descuido. Comparte intimidades con la misma ligereza con la que se comparte una receta de cocina, porque en su mundo, la privacidad es una superstición del siglo XX.

Las imágenes circulan. Los videos saltan de chat en chat como pulgas en un perro callejero. La impudicia ya no es un pecado; es una moneda de cambio. La Tía Paty supo del espectador promedio, del voyerista con amnesia moral. Todos miran, todos juzgan y, después del clímax informativo, todos borran el historial.

Al final del día, la Tía Paty es espejo donde se refleja nuestra propia fragilidad digital. Somos una civilización caminando por la cuerda floja de la privacidad llevando una red de seguridad hecha de contraseñas fáciles: “123456” o el nombre del perro.

Ellos siguen ahí, esperando el próximo descuido, la próxima filtración, el próximo desliz del pulgar. Fueron dueños de la llave del clóset donde todos guardamos el esqueleto de nuestra identidad virtual. Mientras el mundo siga obsesionado con el brillo de la pantalla, la Tía Paty seguirá cobrando la renta de nuestra propia estupidez. Ahora todos ellos, detrás de las rejas y algunos otros, huidos de la acción de la justicia.