
Entre el silencio del espacio, el desastre ambiental y decisiones polémicas en la Corte
Hay silencios que pesan más que cualquier ruido. Allá arriba, en la órbita de la Luna, la misión de Artemis II nos recordó que el progreso también se mide en momentos de incertidumbre. Cuarenta minutos sin comunicación con la Tierra no suenan a mucho… hasta que uno se detiene a imaginar lo que significa estar del otro lado, en la cara oculta, completamente aislado. No es una falla, es parte del plan, dicen desde la NASA. Pero aun así, ese vacío de contacto deja una sensación inquietante: la humanidad avanzando, sí, pero siempre al borde de lo desconocido. Y mientras allá arriba se rompen récords y se toman fotografías históricas, abajo seguimos enfrentando problemas mucho más terrenales.
Porque aquí, en casa, lo que se desborda no es el silencio, sino el chapopote. El anuncio del Observatorio del Golfo de México por parte del gobierno de México llega después de que toneladas de hidrocarburo ya ensuciaron playas y ecosistemas. La presidenta Claudia Sheinbaum habla de ciencia, de investigación, de coordinación… pero la pregunta incómoda sigue flotando como el petróleo en el agua: ¿por qué siempre reaccionamos después? Crear grupos, observatorios y mesas de análisis suena bien en el discurso, pero la realidad es que el daño ya está hecho. Y como siempre, limpiar cuesta más que prevenir, aunque eso parezca una lección que seguimos sin aprender.
Y si de decisiones que generan ruido se trata, lo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación abre un debate que no es menor. Darle a la Unidad de Inteligencia Financiera la facultad de congelar cuentas sin orden judicial, bajo el argumento de “indicios razonables”, es un movimiento que inquieta. Sí, el combate al dinero ilícito es necesario, urgente incluso. Pero también lo es preguntarse hasta dónde se puede llegar sin pisar derechos fundamentales. Porque cuando el Estado puede bloquear recursos sin un juez de por medio, la línea entre prevención y abuso se vuelve peligrosamente delgada.
Así estamos: celebrando que podemos llegar más lejos que nunca en el espacio, mientras en la Tierra seguimos tropezando con los mismos dilemas de siempre. Entre el silencio del cosmos, el desastre ambiental y las decisiones judiciales que levantan cejas, la sensación es clara: avanzamos… pero no siempre en la dirección correcta.



