jueves, 23 abril 2026
20.4 C
Monterrey

Gerson Gómez

Últimas Noticias

El río soñó con ser parque y despertó como factura

Un accidente geográfico o recuerdo húmedo. Se evapora antes de que llegue el recibo. Por eso resulta casi poético, si uno tiene el estómago entrenado para la ironía.

Alguien haya decidido domesticar al Río Santa Catarina con un parque lineal de 6.1 kilómetros, dos puentes y una factura de mil 275 millones de pesos. Sí, millones. Como si el río fuera mascota, como si el concreto pudiera dialogar con las avenidas súbitas de la naturaleza, como si la memoria colectiva no recordara ese cauce seco es, en realidad, un animal dormido.

La obra promete ser corredor verde entre el Multimodal Zaragoza, Zuazua y Garza Sada. Verde, claro. Ese color en la política mexicana no distingue entre esperanza y presupuesto inflado. El render, esa ficción digital siempre sonríe, muestra familias paseando, ciclistas felices, árboles no saben están plantados sobre la terquedad humana. Nadie dibuja la crecida. Nadie ilustra el momento del río decide reclamar su derecho ancestral y convertir bancas en proyectiles.

Este parque no es solo una obra. Es declaración de esperanza. Fe. El agua no volverá. Fe en el concreto es más sabio que la geografía. Fe, sobre todo. Nadie hará preguntas cuando la cuenta llegue.

Aparece el fantasma de Texcoco, ese aeropuerto nunca despegó, pero sí aterrizó miles de millones en el pantano de las buenas intenciones. El lago, tenía la mala costumbre de ser lago, fue tratado como terreno baldío. Se drenó, se rellenó, se soñó con pistas donde antes nadaban aves. El resultado fue un monumento a la terquedad.

La obra demostró en México el problema no es la falta de imaginación, sino el exceso de negación.

Construir en río seco es primo hermano de construir en un lago negado. Es la misma lógica. Si la naturaleza incomoda, se le corrige. Si insiste, se le ignora. Y si se rebela, se le factura como desastre natural.

Más al occidente, el Lago de Chapala cuenta su propia versión del chiste. Durante años, la sequía lo fue adelgazando hasta convertirlo en metáfora nacional.

País donde el agua se retira y el concreto avanza. Se construyó cerca, se especuló, se vendió la idea de permanencia en un entorno gritando transitoriedad. Como si el lago fuera escenario fijo y no organismo caprichoso.

Monterrey, siempre aspiracional, decidió no quedarse atrás en el concurso nacional de negación.

El Río Santa Catarina, ese hilo de polvo que de vez en cuando se convierte en látigo. Un día es cancha improvisada, al siguiente, corriente indomable. Pero eso no detiene la narrativa oficial.

El parque será un símbolo, un legado, una promesa de convivencia urbana. Palabras suenan mejor cuando no se pronuncian durante una tormenta.

El problema no es el parque. Ojalá fuera solo eso. El problema es la compulsión por construir como si cada sexenio fuera una carrera contra el olvido. Obras no buscan durar, sino inaugurarse. Proyectos no dialogan con el entorno, sino con el calendario electoral. Y ahí, en ese diálogo perverso, el río es apenas un detalle técnico.

¿Quién puede frenar este derroche? La pregunta suena ingenua, casi infantil, como si todavía creyéramos en alguien de la cadena de decisiones levanta la mano y dice: “esto no tiene sentido”.

En la práctica, el dinero fluye con más obediencia el agua. Se asigna, se licita, se ejecuta. Y cuando la realidad contradice al proyecto, siempre hay un culpable listo: el clima, la lluvia atípica, el evento extraordinario.

Extraordinario, claro. Como si en Monterrey las lluvias intensas fueran una sorpresa y no una advertencia cíclica.

Imaginen la inauguración. Funcionarios sonrientes, discursos sobre resiliencia, fotografías con casco blanco. Al fondo, el río observa. No aplaude. Espera. Tiene paciencia geológica. Sabe el concreto envejece más rápido a la memoria del agua.

Hay algo profundamente mexicano en esta insistencia por construir sobre no se debe. No es solo corrupción, aunque la haya, es una mezcla de optimismo mal entendido y soberbia técnica. La idea de todo problema tiene solución si se le arrojan suficientes millones. Como si la física fuera negociable. Como si la hidrología aceptara sobornos. La ciudad sigue sedienta. Las colonias siguen esperando agua en pipas. El parque lineal avanza, como si fuera la respuesta a una pregunta. En el fondo, ¿quién pidió un parque en el lecho de un río impredecible? ¿Quién decidió ese era el mejor destino para mil 275 millones de pesos?

La respuesta es más incómoda de lo parecido. Nadie en particular y todos al mismo tiempo. Un sistema premia la obra visible sobre la solución invisible. Un electorado celebra la inauguración pero no exige el mantenimiento. Una burocracia mide el éxito en metros construidos, no en años de utilidad.

El Río Santa Catarina se convierte en escenario. Hoy es proyecto, mañana será nota, pasado mañana será recuerdo. Entre tanto, el dinero ya habrá cumplido su verdadero propósito: circular.

El río, en cambio, seguirá ahí. Seco, hasta dejar de estarlo. Observando cómo la ciudad insiste en domesticarlo, como quien le pone correa a un relámpago.

Este país, donde los aeropuertos se hunden y los lagos se evaporan, la verdadera obra de infraestructura sigue siendo la misma. La capacidad infinita de repetir errores con presupuesto renovado.

Y eso, a diferencia del río, nunca se seca.