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Gerson Gómez

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El mesías de la leche caduca y el inmortal del spray bronceador

En los viejos tiempos los tiranos usaban uniforme militar, medallas oxidadas y discursos transmitidos por radios.

Olían a bulbos quemados. Ahora usan maquillaje de televisión, carillas dentales fluorescentes y frases diseñadas por algoritmos.

Aprendieron política leyendo comentarios de Facebook. La humanidad no cayó bajo el peso de las bombas nucleares ni por el colapso climático.

Colapsó porque confundió el espectáculo con la salvación. Convirtió al carnicero en influencer.

Homelander, aquel psicópata con capa y sonrisa de cereal azucarado, entendió algo antes.

La gente no quiere héroes; quiere permiso para odiar. Quiere un padre musculoso le diga el miedo es patriotismo y la violencia una vitamina emocional. Donald Trump, emperador de peluquín inflamable y manos de gerente de casino arruinado, comprendió exactamente lo mismo.

Uno gobierna Vought International; el otro despacha desde la Casa Blanca, avenida Pensilvania 1600, Washington DC, como si el planeta fuera un reality show financiado por fabricantes de armas y suplementos alimenticios para la impotencia.

Ambos venden la misma mercancía: superioridad instantánea para almas mediocres.

Homelander flota sobre Manhattan como un Jesucristo patrocinado por bebidas energéticas. Trump baja por escaleras eléctricas doradas como un vendedor de tiempos compartidos en Cancún.

Los dos sonríen con dientes demasiado blancos para ser honestos. Los dos hablan como si cada frase fuera un misil contra la inteligencia. Los dos descubrieron la democracia moderna no exige verdad; exige rating.

El público, claro, babea

Hay multitudes enteras dispuestas a recibir un puñetazo con tal de sentirse parte de algo. El ciudadano promedio mira a Homelander partir cuerpos con rayos láser y piensa: “al menos protege a los nuestros”.

Escucha a Trump insultar inmigrantes, periodistas o científicos y responde con aplausos grasientos mientras mastica nuggets patrióticos. El fascismo contemporáneo ya no marcha con botas negras; desfila con gorras rojas hechas en fábricas chinas.

Lo grotesco no es el monstruo. Lo infamante es el entusiasmo del público.

Trump habla como un telepredicador atrapado en una licuadora. Cada palabra sale cubierta de resentimiento y perfume barato. Tiene la sintaxis de un derrame cerebral y aun así millones lo escuchan como si fuera Churchill reencarnado en un filete mal cocido.

Homelander, en cambio, habla con voz suave, casi paternal, antes de arrancarle la mandíbula a alguien. Son variantes del mismo perfume político: colonia de autoritarismo con notas de narcisismo industrial.

Uno mata personajes de ficción. El otro firma decretos.

Ambos necesitan cámaras. Sin audiencia se desinflan como piñatas mojadas.

La tragedia estadounidense consiste en haber confundido el liderazgo con la capacidad de humillar enemigos en televisión.

El imperio ya no produce estadistas: produce comentaristas furiosos. Trump no gobierna; improvisa. Reacciona como un anciano adicto a la cafeína leyendo titulares conspiranoicos a las tres de la mañana.

Mientras tanto los mercados tiemblan como ciervos frente a un incendio forestal. Wall Street observa al dios anaranjado lanzar amenazas comerciales, insultar aliados, jugar ruleta rusa con aranceles y convertir la economía global en un casino administrado por un conductor de programa nocturno.

Las bolsas se hunden, los analistas sudan, los multimillonarios fingen calma mientras venden acciones por la puerta trasera. El dólar empieza a oler a carne refrigerada demasiado tiempo. Los noticieros financieros hablan de volatilidad; traducción simultánea: nadie sabe los demonios del emperador color.

El trumpismo no es ideología. Es espectáculo para resentidos. Es parque temático construido sobre el miedo de la clase media blanca viendo cómo el siglo XXI les escupe en la cara. Trump no promete futuro; promete venganza emocional. Hace sentir importantes a quienes sospechan, muy en el fondo, el mundo avanzó sin ellos.

Homelander también vive de eso. Él no protege ciudadanos; protege consumidores. Necesita el pueblo tenga miedo para seguir siendo indispensable. Un país tranquilo no necesita superhéroes violentos ni presidentes gritones. Necesita administradores competentes, Eso jamás llenará estadios.

Ambos exageran enemigos. Migrantes. Terroristas. Traidores. Comunistas. Woke. Marcianos si hace falta. El miedo es la gasolina premium del poder contemporáneo. Estados Unidos, nación fundada por comerciantes puritanos y psicópatas expansionistas, consume miedo como si fuera mantequilla de maní.

La pregunta no es cómo terminará la presidencia de Trump. La pregunta es cuánto resistirá su cuerpo antes de al colesterol redacte una orden ejecutiva definitiva. El hombre parece construido con hamburguesas fosilizadas, refresco de dieta y odio televisivo. Camina como un refrigerador embrujado. Respira como acordeón roto. Cada discurso parece patrocinado por laboratorios cardiológicos.

Los imperios suelen sobrevivir más de lo que merecen. También sus bufones.

Quizás Trump termine su presidencia rodeado de aduladores con sonrisas de plástico, mientras los mercados sangran y Fox News transmite música triunfal. Quizás abandone la Casa Blanca insultando jueces, periodistas y meteorólogos. Quizás intente vender la narrativa del mártir perseguido por comunistas veganos y burócratas satánicos. El personaje jamás aceptará decadencia. Los narcisistas no envejecen: mutan.

Homelander tampoco acepta límites. Cuando descubre ya no puede controlar el amor del público, recurre al terror abierto. Ahí está la moraleja incómoda: los líderes construidos sobre adoración mediática eventualmente necesitan enemigos reales para sostener la ficción.

El problema de convertir la política en entretenimiento donde el público exige temporadas cada vez más extremas. Más insultos. Más violencia. Más caos. Más sangre digital para alimentar la maquinaria del algoritmo.

Trump entendió eso perfectamente. Cada escándalo es contenido. Cada mentira, combustible. Cada crisis, mercancía.

Estados Unidos se transformó en un circo donde las hienas administran la taquilla y los payasos controlan los códigos nucleares.

El ciudadano promedio paga gasolina, renta e inflación como quien deja flores en un altar funerario. Observa las peleas televisivas con resignación bovina. Vota por millonarios. Jamás subirían al mismo elevador.

Defiende magnates como si fueran primos pobres. En la noche, antes de dormir, consume otro episodio de superhéroes psicóticos para olvidar la ficción ya perdió la competencia contra la realidad.

Quizás eso sea lo más deprimente.

Homelander al menos admite ser monstruoso entre líneas. Trump todavía pretende ser salvador.

El público, gloriosa multitud de masoquistas patrióticos, continúa aplaudiendo mientras el barco hace agua, la economía se tambalea y el emperador naranja baila sobre cubierta como cantante de crucero borracho, convencido del iceberg fue inventado por la prensa liberal.