
El poder ya perdió la vergüenza
No ocurrió de un día para otro. Primero fueron pequeños gestos, declaraciones arrogantes, reformas apresuradas, discursos incendiarios y políticos justificando lo injustificable. Después vino algo peor: la normalización del cinismo. Y cuando una sociedad normaliza el cinismo de sus gobernantes, el problema deja de ser político y se convierte en moral.
Hoy el poder ya no tiene pudor.
Y no hablamos solamente de México. Basta mirar el mundo para entender cómo la política moderna se ha convertido en una competencia brutal donde ya no gana el más preparado, sino el más despiadado, el que mejor manipula, el que más polariza y el que logra destruir al adversario antes de que el adversario pueda responder.
La diplomacia murió. La prudencia estorba. La vergüenza desapareció.
Los gobiernos aprendieron algo peligrosísimo: mientras controlen la narrativa, pueden hacerlo prácticamente todo.
Y México no escapó a esa enfermedad.
Aquí ya entramos a una etapa donde las formas importan cada vez menos. Antes, al menos existía el intento de guardar apariencias institucionales. Hoy ya ni eso. Ahora las reformas se aprueban a velocidad de vértigo, las mayorías aplastan sin escuchar, los adversarios son perseguidos mientras los aliados son protegidos y todo se justifica bajo el argumento de “el pueblo nos eligió”.
Esa frase se volvió patente de corso.
La llamada “reforma de la reforma judicial” es quizá el ejemplo más claro. Morena, PT y PVEM aprobaron modificar nuevamente el modelo judicial pese a que la oposición insistió en que jamás se corrigieron las fallas de origen de la elección popular de jueces, ministros y magistrados. Pero eso poco importó.
Con 342 votos a favor y 124 en contra, la maquinaria legislativa avanzó como una aplanadora. Y no sólo aplazaron para 2028 la renovación judicial; además agregaron el empalme de la revocación de mandato con elecciones legislativas y ejecutivas, mezclando aún más los procesos políticos con los mecanismos de control electoral.
Y lo hicieron con absoluta tranquilidad.
Porque el nuevo estilo del poder ya no consiste en convencer. Consiste en imponer y después burlarse de quien protesta.
Lo más delicado es que ni siquiera existe ya el interés por esconder las intenciones políticas detrás de discursos técnicos. Todo es abierto, frontal y descarado. “Tenemos la mayoría y podemos hacerlo”. Ese parece ser el nuevo mantra político.
Y mientras el oficialismo presume músculo, desde dentro comienzan también las fracturas. Ahí está el caso de Sergio Mayer, quien terminó renunciando a Morena denunciando “rudeza innecesaria” y maltrato político dentro del propio movimiento. Una confesión brutal porque revela algo que muchos sospechaban: cuando el poder se concentra demasiado, la lealtad deja de ser suficiente y comienza la guerra interna por sobrevivir.
Mayer dijo algo que retrata perfectamente la política mexicana actual: “Te dicen que para estar en política tienes que tragar sapos”. Y probablemente tenga razón. Hoy la política parece un pantano donde el cinismo dejó de castigarse y comenzó a premiarse.
El problema es que mientras los políticos juegan a despedazarse entre ellos, las instituciones se erosionan cada vez más.
Ahí está también el choque entre la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, y Morena. Un nuevo citatorio judicial derivado de la denuncia presentada por Javier Corral terminó convirtiéndose en otro episodio de confrontación política donde ya nadie sabe dónde termina la justicia y dónde empieza la vendetta.
Maru Campos acusa persecución política. Afirma que mientras a ella la investigan “por todo y por nada”, a personajes cercanos al oficialismo se les protege incluso frente a señalamientos muchísimo más graves. Y quizá lo más preocupante no es si tiene o no razón. Lo preocupante es que millones de mexicanos ya creen posible que la justicia se utilice selectivamente dependiendo del color partidista.
Ese es el verdadero daño.
Cuando la ciudadanía deja de confiar en que la ley es pareja, el sistema entero comienza a pudrirse.
Porque entonces todo se reduce a bandos: los míos y los tuyos. Los protegidos y los perseguidos.
Mientras tanto, el país sigue avanzando entre crisis que parecen sacadas de una película absurda. El Gobierno mexicano ya prepara filtros sanitarios especiales rumbo al Mundial 2026 por el brote de ébola en África central. Sí, México organizando protocolos epidemiológicos internacionales mientras internamente vive atrapado en guerras políticas interminables.
La imagen es brutalmente simbólica.
Por un lado, aeropuertos vigilando posibles contagios; por el otro, el sistema político completamente infectado de soberbia, polarización y cinismo.
Y quizá ahí está el verdadero problema de fondo: nuestros políticos dejaron de gobernar pensando en el país y comenzaron a gobernar pensando exclusivamente en conservar el poder.
Todo gira alrededor de eso.
Las reformas, las confrontaciones, las persecuciones, los discursos, las consultas, las campañas eternas, las conferencias, los enemigos inventados y los pleitos diarios.
Ya no se administra un país. Se administra una narrativa.
Y mientras tanto, México observa cómo el nivel del debate público se desploma peligrosamente. Ya no hay diálogo. Hay linchamientos. Ya no hay adversarios. Hay traidores. Ya no hay prudencia. Hay espectáculo.
La política mexicana se convirtió en una arena donde gana quien humilla más fuerte al otro.
Y quizás lo más triste es que muchos ciudadanos ya empiezan a acostumbrarse.
Porque cuando el cinismo se vuelve paisaje, el verdadero riesgo no es el político que abusa del poder. El verdadero riesgo es la sociedad que deja de indignarse.



