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Gerardo Ledezma

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Morena, los millones de Gertz, Trump y el miedo que ni la fama puede detener

Ricardo Monreal dijo en voz alta algo que dentro de Morena muchos piensan, pero pocos se atreven a reconocer públicamente: Nuevo León no será una plaza fácil para la Cuarta Transformación en 2027.

El coordinador de los diputados federales de Morena asegura que su movimiento mantendrá la mayoría legislativa nacional, pero cuando habla de las gubernaturas en juego coloca a Nuevo León en la lista de los estados complicados junto con Chihuahua, Querétaro, Aguascalientes y Jalisco.

No es una declaración menor.

Monreal sabe que, aunque Morena gobierna el país y mantiene altos niveles de respaldo presidencial, Nuevo León tiene una dinámica política distinta. Aquí no basta con colgarse de la marca. Aquí los electores suelen premiar o castigar perfiles, resultados y liderazgos locales.

Por eso también insistió tanto en la unidad interna. Porque el verdadero riesgo para Morena no necesariamente está en la oposición, sino dentro de su propia casa.

Hoy hay una larga fila de aspirantes levantando la mano para convertirse en coordinadores de la defensa de la transformación. Diputados, alcaldes, funcionarios, ex candidatos y figuras cercanas al poder federal creen tener posibilidades.

El problema es que cuando una encuesta define al ganador, los perdedores pocas veces quedan satisfechos.

Monreal lo sabe. Por eso habla de disciplina, de respeto a las reglas y de evitar la guerra sucia. Traducido al lenguaje político: teme fracturas.

Y si algo ha demostrado la historia reciente de Nuevo León es que las divisiones internas pueden costar elecciones.

Mientras Morena se prepara para una batalla interna rumbo al 2027, otro tema volvió a colocar bajo los reflectores a una figura emblemática de la llamada Cuarta Transformación.

Alejandro Gertz Manero, ex fiscal general de la República y hoy embajador de México en Reino Unido, apareció de pronto convertido en tendencia nacional.

La razón no fue una investigación judicial ni un escándalo diplomático.

Fue su declaración patrimonial.

Diez casas, un departamento, un terreno, un edificio completo, dos Rolls-Royce, obras de arte valuadas en cientos de miles de dólares, joyas por alrededor de un millón de dólares y cuentas bancarias en España, Suiza y Estados Unidos.

Todo legal, todo declarado y todo dentro de la norma.

Pero inevitablemente surge la pregunta que millones de mexicanos se hicieron al leer las cifras.

¿Por qué esta información aparece ahora y no cuando encabezaba la Fiscalía General de la República?

La respuesta técnica puede ser sencilla: hoy la normatividad de su cargo diplomático lo obliga a transparentar esos datos.

La respuesta política es mucho más compleja.

Durante años la narrativa oficial habló de austeridad, de combate a los privilegios y de cercanía con la gente. Por eso resulta inevitable que una declaración de este tamaño genere ruido y cuestionamientos, aunque no exista acusación alguna de ilegalidad.

Porque en política las percepciones pesan tanto como los hechos.

Y hablando de percepciones, en Estados Unidos crece la incertidumbre.

Donald Trump sigue elevando el tono de su discurso migratorio y cada nueva declaración provoca nerviosismo entre millones de personas.

La preocupación ya no se limita únicamente a quienes viven de manera irregular en territorio estadounidense.

Las propuestas que circulan en algunos sectores cercanos al trumpismo han comenzado a generar temor incluso entre residentes permanentes y comunidades que durante décadas se sintieron relativamente protegidas.

El mensaje político es claro: la migración volverá a ocupar el centro del debate electoral estadounidense.

Y cuando eso ocurre, México inevitablemente aparece en el radar.

Lo que se diga en Washington terminará teniendo efectos en ciudades mexicanas, en familias binacionales y en millones de personas que dependen de esa relación económica y humana.

Finalmente, una historia que parecería pertenecer al mundo del espectáculo terminó convirtiéndose en una advertencia sobre los límites de la obsesión.

La sentencia contra una mujer brasileña por acosar a Jungkook, integrante de BTS, volvió a encender la discusión sobre la seguridad de las figuras públicas.

Visitar repetidamente una residencia, tocar más de cien veces un timbre, violar órdenes de restricción y regresar después de haber sido detenida ya no puede explicarse simplemente como admiración.

Y ahí está el punto que tiene indignado a una parte importante del ARMY, la comunidad global de seguidores de BTS.

Muchos consideran insuficiente la sanción impuesta por la justicia coreana y creen que el caso envía un mensaje ambiguo sobre el acoso contra artistas.

Porque detrás de los escenarios llenos, los récords musicales y la fama mundial, también existen personas que merecen vivir con tranquilidad.

La política, el poder, la migración y el entretenimiento parecen temas distintos.

Pero todos tienen algo en común.

En cada uno de ellos aparece una misma pregunta: ¿hasta dónde llega la confianza de la sociedad en sus instituciones?

Monreal intenta conservarla dentro de Morena.

Gertz intenta explicarla a través de una declaración patrimonial. Bendito servicio público.

Trump la pone a prueba entre millones de migrantes.

Y el ARMY exige que la justicia la demuestre.

En tiempos de incertidumbre, la confianza sigue siendo el activo más escaso de todos.