
La lección de Mina, la izquierda que no entiende y una generación que estamos dejando sola
Hay días en que las noticias parecen no tener relación entre sí. Sin embargo, basta detenerse unos minutos para descubrir que todas terminan hablando del mismo problema: la incapacidad para prevenir, reconocer errores y actuar antes de que las tragedias nos alcancen.
Esta semana coincidieron tres historias que deberían provocar mucho más que unos minutos de conversación en redes sociales.
La primera lleva el nombre de Mina.
La osa negra que durante años permaneció en el Zoológico La Pastora, en Guadalupe, murió después de varios meses de atención especializada en la Fundación Invictus. La Procuraduría Federal de Protección al Ambiente informó que la causa fue un paro cardiorrespiratorio derivado de una enfermedad cardíaca crónica avanzada, agravada por una desnutrición prolongada y diversos padecimientos que arrastraba desde antes de su rescate.
Durante nueve meses especialistas hicieron todo lo que estuvo a su alcance para salvarla. Recibió tratamientos, medicamentos y cuidados permanentes. Pero el daño era irreversible.
La muerte de Mina no comenzó el día que dejó de respirar.
Comenzó muchos años antes, cuando un ejemplar bajo resguardo humano fue deteriorándose poco a poco hasta convertirse en un caso crítico.
Su historia terminó convirtiéndose en el símbolo del abandono que durante años denunció la sociedad sobre las condiciones de varios animales en La Pastora.
Hoy es justo reconocer el esfuerzo de quienes intentaron rescatarla.
Pero también es obligatorio preguntarse quién permitió que llegara a ese estado.
Porque las instituciones no deben ser evaluadas solamente por cómo reaccionan ante una emergencia, sino por su capacidad para evitar que esa emergencia ocurra.
La segunda historia llega desde Colombia, pero su mensaje atraviesa toda América Latina.
Morena expresó su preocupación por el avance de la llamada ultraderecha tras la derrota del candidato de izquierda en aquel país.
No es la primera vez que ocurre.
Cada derrota electoral de gobiernos o movimientos de izquierda suele ir acompañada del mismo argumento: campañas mediáticas, guerra sucia, poderes económicos o conspiraciones.
Lo que casi nunca aparece es una autocrítica profunda.
Mientras tanto, los ciudadanos siguen votando.
Argentina eligió un cambio con Javier Milei.
Ecuador respaldó un proyecto distinto con Daniel Noboa.
Ahora Colombia decidió recorrer otro camino.
Más allá de simpatías ideológicas, los resultados obligan a hacer una reflexión incómoda.
Tal vez el problema no sea únicamente el crecimiento de la derecha.
Tal vez también exista un desgaste evidente de proyectos políticos que prometieron combatir la desigualdad, terminar con la corrupción y mejorar la vida de millones de personas, pero que en muchos casos no lograron cumplir esas expectativas.
La democracia tiene una regla sencilla.
Los ciudadanos premian cuando sienten resultados y castigan cuando consideran que las promesas no se cumplieron.
Negarse a reconocer esa realidad no cambia el resultado de las urnas.
Solo aleja más a los partidos de la sociedad que dicen representar.
Y mientras la política sigue enfrascada en la eterna discusión entre izquierda y derecha, una tercera noticia debería avergonzarnos mucho más.
UNICEF reveló que uno de cada ocho adolescentes usuarios de internet en México fue víctima de explotación o abuso sexual facilitado por medios digitales durante un solo año.
Estamos hablando de aproximadamente 1.6 millones de jóvenes.
Lo más alarmante no es únicamente la cifra.
Es que el 64 por ciento conocía a su agresor.
No era un extraño escondido detrás de una pantalla.
En muchos casos eran amistades, parejas o incluso familiares.
Y el dato más doloroso quizá sea otro.
Menos del uno por ciento de los casos llega a denunciarse.
Eso significa que millones de adolescentes enfrentan solos una violencia silenciosa que permanece prácticamente invisible para las autoridades, las escuelas y, muchas veces, para sus propias familias.
Mientras el debate público gira alrededor de disputas políticas, campañas electorales o ideologías, una generación entera navega diariamente en un entorno digital donde los riesgos crecen mucho más rápido que las herramientas para protegerlos.
Quizá ahí esté la verdadera prioridad nacional.
Porque un país no fracasa únicamente cuando pierde elecciones o cuando un gobierno se equivoca.
También fracasa cuando permite que un animal bajo su cuidado muera después de años de abandono.
Fracasa cuando los partidos políticos prefieren justificar derrotas antes que revisar sus errores.
Y fracasa cuando millones de niñas, niños y adolescentes quedan expuestos a una violencia que ocurre frente a una pantalla sin que la sociedad reaccione con la misma indignación.
Las tres historias tienen algo en común.
En todas, alguien llegó demasiado tarde.
Y esa, quizá, sea la peor costumbre que seguimos arrastrando como sociedad: reaccionar cuando el daño ya está hecho, en lugar de construir instituciones capaces de prevenirlo.






