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Gerson Gómez

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Los Dioses del uno por ciento

Sinfonía en do mayor para billeteras infinitas.

Suena el Concierto para piano n.º 21 en do mayor de Mozart —el Andante, por supuesto, porque los allegros son para la plebe con prisa y en algún penthouse de la Quinta Avenida, un hombre cuya fortuna asciende a 839 mil millones de dólares contempla la curvatura de la Tierra desde su ventanal. No la contempla con asombro. La contempla como quien revisa una propiedad.

Bienvenidos al club más exclusivo del planeta: 3,428 seres humanos poseen, juntos, 20.1 billones de dólares. Veinte punto uno billones. Escribirlo ya resulta obsceno; pronunciarlo, una plegaria. Forbes lo publicó en marzo de 2026 con la naturalidad de quien anuncia el clima. Y el clima, para ellos, siempre es templado.

¿Dónde habitan los dioses? En Nueva York, San Francisco, Palm Beach —esa lengua de arena donde un metro cuadrado cuesta más de lo necesario para alimentar una aldea entera en el Cuerno de África durante un año—. En Shanghái, donde 1,110 multimillonarios chinos comparten skyline con obreros de fábricas invisibles. En Mónaco, ese sello postal con puerto deportivo, donde 27 fortunas conviven en 2.02 kilómetros cuadrados: la mayor densidad de riqueza por centímetro del universo conocido.

México, por supuesto. Carlos Slim Helú, con sus 125 mil millones de dólares, según Forbes 2026, ocupa el lugar 16 del planeta. Su imperio abarca telecomunicaciones, bienes raíces, finanzas, y una mansión en la Quinta Avenida de 20,000 pies cuadrados con 12 recámaras y 14 baños. Catorce baños. Uno se pregunta si el intestino de un multimillonario funciona de manera tan distinta al del resto, o si simplemente la porcelana importada de Carrara necesita compañía.

México alberga 27 multimillonarios según la lista Hurun 2026. Germán Larrea acumula 28,600 millones desde Grupo México. Seis hermanos de una sola familia —los Beckmann, herederos del tequila José Cuervo— suman 43,200 millones. El tequila, esa bebida del pueblo, convertida en lingote líquido para paladares de Zúrich y Tokio.

La moda del uno por ciento no se mide en tendencias de pasarela. Se mide en adquisiciones. Bernard Arnault, dueño de LVMH, Louis Vuitton, Moët, Hennessy, Dior, posee 171 mil millones de dólares y dicta desde París lo necesario para vestir un cuerpo humano con el PIB de un país centroamericano. Un bolso Birkin de Hermès, cosido a mano durante 48 horas, se revende en subastas por 300,000 dólares. No es un bolso: es declaración de guerra contra la igualdad.

Sus modas incluyen yates de 150 metros con helipuertos dobles, viajes suborbitales en cohetes de SpaceX, la empresa de Musk, cuya salida a bolsa en 2026 promete multiplicar fortunas ya incontables, y la filantropía como accesorio de temporada. Donar cien millones a un museo lleva el nombre del donante grabado en mármol; resolver el hambre mundial no ofrece esa cortesía.

Se alimentan de wagyu A5 madurado 200 días, de trufas blancas de Alba a 15,000 dólares el kilo, de atún rojo subastado en Tsukiji por cifras superiores al salario anual de 500 familias mexicanas. Beben Romanée-Conti a 25,000 dólares la botella mientras Mozart, siempre Mozart, porque Bach es demasiado protestante y Beethoven demasiado dramático, acaricia sus lóbulos prefrontales con frecuencias perfectas para la toma de decisiones financieras.

Un chef privado en Manhattan cobra 350,000 dólares anuales por diseñar menús personalizados con ingredientes rastreados por GPS desde su origen orgánico. La comida no se come: se experimenta. Se curate. Se invierte en ella como en un hedge fund comestible.