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Gerson Gómez

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Él Es. Crónica de un resplandor

Papá solo habló de una sola manera. Rostro duro. Fiero. Como si la vida fuera costra de mentiras apiladas sobre la mesa donde nunca cenamos juntos. Violento. Azorado. Él es la insurrección, él es el desprecio, él es la fuerza por la cual existo, pero no por amor, sino por inercia biológica, por un accidente en Ecatepec en el Estado de México.

Él es. Nostro Dispater. Nuestro padre oscuro.

La Colonia Moderna no lo era. Laberinto de pandilleros con navajas oxidadas, vagabundos dormidos bajo los postes de luz fundidos, mariguanos recargados en la tienda del Don como santos patronos del deterioro. En medio de todo eso, un niño, con deseo tan absurdo como sagrado: un Atari 2600.

“We’re standing here by the abyss, and the world is in flames…”

Papá danzó el zapateado sobre la consola. Literal. No es metáfora. Llegó un martes con los ojos rojos y los puños cerrados, y sobre el Atari, el único objeto en esa casa con capacidad de generar alegría, ejecutó su coreografía de destrucción. Tacón izquierdo. Tacón derecho. Crack. Los cartuchos de Pitfall y River Raid volaron como dientes de leche arrancados antes de tiempo. “Vendé todos los juguetes”, dijo. “Aquí nadie juega. Aquí se trabaja.”

Él es. La desobediencia por la cual permanecemos unidos. Él es.

La violencia vicaria tiene un mecanismo perfecto: no necesita tocarte para romperte. Basta con destruir lo amado, hacer del hogar campo minado donde cada objeto se convierte en rehén. El Atari no era un Atari.

Era sistema nervioso extendido, fuga, único portal hacia un mundo donde los problemas se resolvían con un joystick y tres vidas extra. Papá lo sabía. Por eso lo eligió.

“Two star-crossed lovers reaching out to the beast with many names…”

Habría sido necesario comprar otro Atari. Pero ¿con cuáles fondos? En la Colonia Moderna el dinero circulaba como la sangre en cuerpo anémico: apenas lo suficiente para no morir, jamás lo suficiente para vivir. Así funcionaba la economía doméstica del terror: papá controlaba cada centavo como dictador controla la prensa. Nada entraba ni salía sin su firma de puño, literalmente.

Él es. Nostro Dispater. Nostr’Alma Mater. Él es.

Campo de verano (o el eufemismo del trabajo forzado)

Algunos niños iban de campamento. Fogatas. Malvaviscos. Canciones idiotas alrededor del fuego. Historias de terror inventadas, no vividas. Yo fui enviado a la refaccionaria de papá: Tenía trece años y la espalda de un burro de carga con aspiraciones literarias.

“Dios no está muerto”, decía papá cada domingo, arrastrándome a la iglesia con las manos ampolladas. “Dios ve todo.”  Dios ve todo, entonces es cómplice. Si Dios ve todo y no interviene, entonces Dios es el vecino de la Colonia Moderna, presente, consciente, indiferente.

“We’re hiding here inside a dream, and all our doubts are now destroyed…”

La piedad por mi padre lo ha matado. No a él, a mí. Porque perdonar al verdugo es suicidio lento disfrazado de virtud cristiana. Cada vez donde dije “es mi papá, así creció, no conoció otra forma”, enterré un pedazo de mí mismo en el patio trasero de la dignidad. La piedad es el arma favorita de los abusadores: ellos rompen, y luego el mundo espera del roto la compasión.

Él es. El resplandor y la luz sin la cual no puedo ver. Pero ¿y si esa luz es la de un incendio?

Escondo la sombra entre libros

A dónde vamos los hijos de la violencia vicaria cuando el mundo cierra sus puertas con doble cerrojo. A dónde vamos cuando la casa es trinchera y la calle es emboscada. A dónde vamos.

Yo fui a los libros. Escondí la sombra entre páginas ajenas. Me refugié en historias de otros para no escribir la mía, porque me daba vergüenza, porque no tenía héroes, porque era totalmente falsa. Los libros fueron mi Atari de repuesto: otro portal, otra fuga, otra vida extra cuando las tres originales ya se habían agotado.

“The guidance of the morning star will lead the way into the void…”

La ironía es deliciosa y amarga como el café de mamá: Ghost canta “He Is” como himno a una fuerza oscura, a un padre terrible y luminoso al mismo tiempo.

Nostro Dispater, nuestro padre del inframundo. Escucho esa canción y no veo metáfora. Veo a papá. Veo su rostro duro. Fiero. Veo la costra de mentiras. Veo el Atari destrozado. Veo el campo de verano donde otros niños hacían pulseras de hilo.

Ríes del horror para no ahogarte en él. Ríes del padre zapateando sobre tu infancia como si fuera un número de folklore. Te ríes del campo de verano como si fuera un resort todo incluido.

Explotación, humillación, y un vaso de agua tibia al mediodía. “He is the disobedience that holds us together…” La vida siempre simulada

Normalidad durante años. No tener hambre. Aparenté no tener miedo. Supuse admirar a un hombre cuyo único talento era convertir el oxígeno en amenaza.

La vida apócrifa es la especialidad de los hijos de padres violentos: aprendemos a actuar antes de saber leer. Somos actores método desde los cinco años, sin Oscar, sin aplausos, sin créditos finales.

A donde vamos. A donde vamos cuando el simulacro se agota y la máscara se pudre y el rostro debajo ya no es rostro sino cicatriz sobre cicatriz sobre cicatriz. Vamos al vacío.

En el vacío, descubrí, no siempre es ausencia. A veces es espacio. Espacio para reconstruir sin los planos del arquitecto violento. Espacio para comprar tu propio Atari, metafórico o literal. Jugarlo a las tres de la mañana sin rendir cuentas a ningún zapateador de infancias.

Él es. Papá es. Fue. Será siempre la sombra proyectada sobre cada logro, cada risa, cada momento donde la felicidad se siente prestada. Pero también es esto: material. Combustible para la página. Porque al final, la mejor venganza contra un padre destructor no es el odio, es la narración. Es convertir su violencia en literatura. Es tomar cada golpe, cada Atari roto, cada verano robado, y devolverlo transformado en tinta.

Nostro Dispater. Nostr’Alma Mater. Él es. Y yo, a pesar de él, también soy. “And we are falling over the precipice…”