
Todos pagan (menos algunos)
En el parque central de Los Colorines cuelga una pancarta blanca, letras doradas, ironía involuntaria: Todos pagan. Frase heredada, a manera pop, de un himno gringo sobre hacer las cosas a modo propio, ahora traducida al idioma local. Predial, multas, membresías, valet parking. Un lema municipal disfrazado de rock alternativo.
San Pedro Garza García amanece limpio, casi europeo, con la Sierra Madre Oriental como telón verde-azulado detrás de cada instagram. Las banquetas no tienen baches.
Los trastornos viales, dicen los vecinos, se mudaron a otras colonias, más lejos, menos fotogénicas. Ahí también viven personas, sólo no aparecen en el paisaje oficial.
El otoño llega puntual, discreto, casi de catálogo. Hojas color caramelo, suéteres de cachemira recién sacados del clóset, termos con café de especialidad. Bienvenido, otoño. Aquí siempre hubo clima para gastar.
La pancarta municipal no miente del todo. En efecto, todos pagan. El impuesto predial, sin duda el más honesto de los tributos locales, calculado sobre metros cuadrados y vista panorámica. Las multas de tránsito, cobradas con GPS y cámaras último modelo, aunque casi nunca detienen a nadie manejando su camioneta blindada rumbo al gimnasio. Pagan, sobre todo, un estilo de vida. El privilegio de vivir cerca del cerro, lejos del ruido, lejos, esto es lo relevante, de los demás.
Ahora bien, existe otro tipo de pago, menos oficial, jamás impreso en ningún recibo municipal. Circula por los grupos de WhatsApp de meseros, cadeneros, valet parkers. Audios cortos, casi clandestinos, describiendo el código no escrito para entrar a ciertos antros del centrito. No basta con dinero en la bolsa. Se pide algo distinto. Apellido reconocible, negocio familiar identificable, escuela particular correcta, acento sin acento norteño demasiado marcado. Pasaporte social, invisible, más caro cualquier cover.
Si el apellido resulta dudoso, la alcurnia empresarial no aparece en ningún directorio industrial regiomontano, la respuesta llega envuelta en cortesía perfecta: Lo sentimos, evento privado esta noche. Traducción libre, disponible sólo para iniciados. Vete a tu colonia, del otro lado de la loma, allá donde el asfalto se acaba y el predial baja considerablemente.
Los Colorines funciona, pues, bajo una lógica sencilla, casi darwiniana: adentro, los elegidos por el apellido y el fideicomiso. Afuera, quienes sostienen la maquinaria, cocina, limpieza, seguridad, jardinería, sin derecho a mesa propia salvo turno laboral.
Comparaciones sobran. Providencia en Guadalajara, Polanco en la capital, el Pitic en Hermosillo, zonas selectas de Saltillo, Juriquilla en Querétaro, la zona hotelera de Cancún. Todas comparten un ADN idéntico. Vidrio, mármol, seguridad privada, aire acondicionado permanente contra un calor cada vez menos tropical y más apocalíptico. Repúblicas independientes dentro de la misma nación, unidas por un idioma común. La tarjeta negra.
No todo brilla igual bajo esta luz dorada. Buena parte del esplendor resulta oro falso, fools gold auténtico. Fachadas hipotecadas hasta el techo, changarros familiares sostenidos por crédito revolvente, apellidos ilustres cargando deudas silenciosas jamás mencionadas en la sobremesa. La opulencia, vista de cerca, a veces es puro maquillaje sobre una grieta.
La pobreza, mientras tanto, no interesa a nadie del lado correcto del cerro. No genera contenido bonito, no combina con la decoración de temporada, no cabe en ningún carrete de otoño. Se le destierra, literalmente, fuera del mapa emocional del municipio. Existe, sí, pero en otro código postal, en otra conversación, en otro grupo de WhatsApp sin audios de rechazo, porque ahí nadie pide entrar a ningún antro.
La aspiración obligatoria del género. Algún día, quizás, el privilegio dejará de necesitar murallas invisibles para sostenerse. Mientras tanto, la pancarta sigue colgada en el parque, dorada, orgullosa, exacta.
Aquí todos pagan. Unos con dinero. Otros, simplemente, con no pertenecer.




