
Sin freno, sin pudor y sin chaleco
Domingo 25 de octubre. Brasil con resaca antes del primer trago. Citan a 159 millones de electores. Las casillas abrieron a las ocho. Cerrarán por la tarde. Escribo mientras las urnas electrónicas engullen votos con hambre de ogro.
Sobre mi mesa reposan dos margaritas. La primera lleva sal gruesa, tequila y Sepultura. La segunda trae limón, hielo y Paralamas. Brindo con ambas. Brasil entero cabe en ese par de copas.
Primera copa, la sal. Suena “Roots Bloody Roots”. Guitarras aserradas rasgan el aire. Aullidos sin traducción retumban en la bocina. Así suena Flávio Bolsonaro, senador carioca, hijo del capitán inhabilitado. Hereda el apellido, el partido, los pastores y las cuentas pendientes del padre.
Votó en Río y anunció la llegada del momento del cambio. Dice, mientras luce el mismo apellido como medalla de cartón.
Su primera vuelta dejó números jugosos. Sumó 47 por ciento, casi dos puntos sobre Lula. Cinco sondeos del sábado lo colocaron adelante por uno o dos puntos. Polymarket le regala casi 63 por ciento de probabilidad. Los apostadores aman al favorito, igual como los tiburones aman la sangre.
Cierto escándalo ligado a banquero preso le restó apoyo en sondeos previos. El banquero paga su condena. El candidato paga la factura política. Ambos sudan.
Segunda copa, el limón.
Ahora suena “Meu Erro”. Ritmo ágil, metales alegres, ironía bailable. Así baila Lula, presidente octogenario, tras otro mandato. Votó en São Paulo. Tachó de mentiroso a su rival. Cada bando acusa al otro de manosear la verdad. Ninguno pide permiso antes de tocar.
Lula carga su pasado tras las rejas, anulado en tribunales, y la fama petista de los tiempos del Lava Jato. Lo respaldan el nordeste pobre, los católicos y las mujeres. Fuerte base, cartera flaca. El cielo, partido en dos
Dios no logró ponerse de acuerdo consigo mismo. Entre evangélicos, Flávio arrasa 47 a 27 según Datafolha. Entre católicos, Lula manda 45 a 33. El pastor Silas Malafaia arrea rebaños hacia el bando bolsonarista. En la trinchera contraria rezan sacerdotes progresistas, laicos de cantina y ateos de cátedra. Todos se persignan frente a la urna.
Conviene matizar. Especialistas advierten sobre la ausencia de voto evangélico monolítico. Hay fieles tibios, pastores cansados y feligreses con la cartera más devota del bolsillo propio. El cielo vota diverso. La polarización, no.
Los aplausos de salón. Fuera de Brasil, cámaras y editoriales vigilan. Washington observa con lupa, y Trump sigue la carrera con atención. Como manda la costumbre, cierta intelectualidad internacional protege a Lula con manifiestos, firmas y columnas de abrigo largo. Congruencia pura. Los mismos plumajes cobijan siempre al mismo pollo.
La derecha contesta con memes, rezos y fiambres. Nadie escucha. Todos gritan.
Si gana Flávio. El Partido Liberal proyecta 121 diputados frente a 88 de la coalición lulista. Con tal bancada, la agenda conservadora navegaría con viento de cola. Brasil se acercaría de nuevo a la administración Trump, y la política exterior cambiaría de brújula. Los aranceles estadounidenses, hoy amenaza, pasarían a moneda de cambio. El apellido regresaría al Planalto. La familia volvería al balcón. La izquierda saldría a las calles con pancartas y gargantas.
Si gana Lula. Su relación con el Congreso, ya tirante, empeoraría. Cada ley costaría dentelladas. Cada ministerio, subasta. La derecha, crispada por perder dos veces, vigilaría el menor tropiezo. Los pastores sermonearían contra el Planalto cada domingo. Gobernar sería pastorear gatos con música de fondo.
Las dos margaritas ya están vacías. Sobre el mantel solo quedan sal, rodajas exprimidas y sobriedad culpable.
Brasil, gigante dormido con chancla puesta, recibirá su veredicto. Algunos celebrarán con cachaça. Otros llorarán sobre feijoada fría. Los pastores fabricarán milagros. Los intelectuales redactarán epitafios o loas, según convenga a su tipografía. Las guitarras de Sepultura seguirán aullando. Los metales de Paralamas continuarán soplando.
Gane Lula o gane Flávio, el lunes amanecerá igual. Inflación en el mercado, polarización en la mesa, familiares bloqueados en el chat. Los candidatos cobrarán aplausos. El pueblo pagará la cuenta.
La democracia no muere de golpe, se la beben a sorbos. Sal en el borde, mientras la banda toca más fuerte para no oír el vaso rompiéndose.
¡Salud, Brasil! Hoy se paga.




