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Gerardo Ledezma

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El mismo guion de siempre: conflicto, omisión y mediocridad

Cuando la política se vuelve discurso y el fondo sigue estancado, lo que queda es una escena repetida: llamados a la unidad que llegan tarde, silencios incómodos frente a crisis graves y un deporte nacional que insiste en tropezar con la misma piedra.

En Nuevo León, el gobernador Samuel García pide “retomar el diálogo” con el Congreso para destrabar el Presupuesto 2026. El problema no es el llamado, sino el momento. El presupuesto no se atoró solo. Hubo un veto, hubo confrontación política y hubo una narrativa de desgaste que hoy pasa factura. Pedir paz después de tensar la cuerda no es reconciliación, es reacción. Y mientras el Ejecutivo y el Legislativo miden fuerzas, la realidad sigue su curso: una nueva Ley de Educación que requiere recursos, programas que no pueden ejecutarse y una ciudadanía atrapada entre cálculos políticos. Gobernar no es pedir acuerdos, es construirlos antes de que todo se rompa.

En Chihuahua, el escenario es todavía más delicado. La gobernadora María Eugenia Campos opta por el silencio en medio de una crisis que trasciende lo local: la muerte de presuntos agentes estadounidenses en territorio mexicano. Decir “no puedo hablar” en medio de un escándalo de esta magnitud no es prudencia, es vacío. Y ese vacío lo llenó la renuncia del fiscal César Jáuregui Moreno, quien terminó admitiendo lo que nadie quería reconocer: fallas, omisiones e información inconsistente. El problema ya no es solo de comunicación, es de fondo. ¿Quién autorizó? ¿Quién sabía? ¿Bajo qué reglas operaban? Cuando la soberanía entra en duda, el silencio no protege, agrava.

Y como si hiciera falta otro reflejo de desorden, aparece la Selección Mexicana, atrapada en su propio laberinto de mediocridad estructural. Lo documenta con claridad el periódico Excélsior: el proyecto de Javier Aguirre arranca fracturado por los mismos de siempre. Los dueños de los clubes, esos que dicen apoyar pero imponen condiciones, vuelven a jugar su partido aparte. No prestan jugadores, negocian, presionan, condicionan. Y el técnico, otra vez, queda en medio de intereses que poco tienen que ver con un proyecto deportivo serio.

Aquí no hay sorpresa, hay patrón. La Selección no falla por falta de talento, falla por exceso de intereses. Mientras en otros países el proyecto es institucional, en México sigue siendo rehén de decisiones de escritorio. El resultado es el mismo de siempre: improvisación, falta de compromiso colectivo y un discurso que promete mucho más de lo que puede cumplir…en pocas palabras la Selección Mexicana de Fútbol sigue “frita”.