
El nuevo fin de la inocencia
Toda ciudad presume una edad dorada. Monterrey tampoco escapa al espejismo. Durante más de una década, la Casa del Libro de la UANL ocupó una esquina privilegiada entre Vallarta y Padre Mier. Libreros, escritores, profesores, estudiantes, buscadores de aire acondicionado gratuito, todos desfilaron por sus pasillos. Ahora llegó la mudanza. Llegó el desalojo. Llegó el ajuste de cuentas contra la nostalgia.
Doscientos cincuenta mil pesos mensuales. Ahí comienza parte del epitafio. Una suma capaz de financiar proyectos completos en cualquier facultad hambrienta de reflectores. Desde Rectoría, la aritmética suele resultar más poderosa frente al romanticismo cultural. Los números jamás aplauden presentaciones de libros. Los balances tampoco firman ejemplares.
Con un periodista arrancó la época dorada. Con un poeta al frente de la Secretaría de Extensión y Cultura apareció la sensación de abundancia. Con un narrador instalado en Publicaciones Universitarias llegaron colecciones, encuentros, ferias, invitados, fotografías para informes anuales. Al final, bajó la cortina. Así termina buena parte de los relatos institucionales. Sin trompetas. Sin funeral. Sin mariachis.
La cultura universitaria pasó de locomotora a vagón de cola. Nuevos tiempos exigen nuevas prioridades. Los aspirantes al máximo sillón universitario ya realizan cálculos. Derecho mueve piezas. Medicina observa desde la barrera. FIME cuenta soldados, recursos, influencia, relaciones. El rector todavía ocupa despacho principal, aunque alrededor del tablero ya circulan nombres para la siguiente generación de mando. Nadie ignora semejante realidad. Las sucesiones arrancan mucho antes del último informe. Las sonrisas comienzan varios años antes del relevo. Los abrazos también.
Mientras tanto, la historia reciente conserva capítulos incómodos. Un antiguo responsable cultural abandonó escena pública bajo nubarrones considerables. Rumores, expedientes, señalamientos, versiones encontradas. Entre aquellos episodios apareció incluso el asesinato de uno de los administradores relacionados con recursos financieros. Un crimen todavía rodeado por preguntas. Una investigación incapaz de satisfacer curiosidades ciudadanas. Una herida abierta dentro del anecdotario universitario.
Hoy, según versiones ampliamente comentadas en corrillos políticos, ese mismo personaje opera detrás del telón relacionado con el mito administrativo surgido alrededor de la alcaldía de Escobedo. Protección política incluida. Cobijo institucional garantizado. Cercanía conveniente. En Nuevo León abundan segundas oportunidades. Algunas terceras. Varias cuartas.
La Casa del Libro jamás produjo utilidades comparables frente a laboratorios médicos, despachos jurídicos o convenios industriales. Tampoco competía contra presupuestos gigantescos. Su valor pertenecía a otra dimensión. Difícil colocar semejante activo dentro de una hoja de cálculo.
Así termina otra inocencia regiomontana.
La generación acostumbrada a presentaciones literarias en pleno centro observa puertas cerradas. Los optimistas hablan sobre reubicaciones. Los realistas revisan estados financieros. Los cínicos sonríen. Los nostálgicos guardan fotografías.
Monterrey domina el arte de transformar memoria colectiva en terreno disponible para nuevos proyectos. Nada personal. Apenas negocios. Apenas estrategia. Apenas política universitaria.
Tal vez dentro de algunos años aparezca otro recinto cultural. Tal vez surja una nueva narrativa institucional. Tal vez los próximos candidatos descubran ventajas electorales dentro del mundo editorial. Todo resulta posible.
Por ahora permanece una imagen sencilla: cortinas abajo, anaqueles vacíos, ecos perdidos entre muros antes repletos de lectores.
Mientras los reyes pueden beber, viajar, ausentarse de sus labores, realizar colaboraciones, publicar en editoriales hermanas universitarias, la UANL pasó de los nuevos años dorados a la completa reducción.
Y hágale el caldo gordo. Dígale bravo. Dígale se lo mereces. Incluso después de fracasos visibles hasta dentro de asuntos personales. La corte siempre encuentra aplausos.
La historia, rara vez.




