
La relación entre México y Estados Unidos vuelve a tensarse, pero ahora no por discursos ni diferencias diplomáticas, sino por un expediente judicial que apunta directamente al corazón del poder en Sinaloa. La Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York formalizó cargos penales contra el gobernador Rubén Rocha Moya y un grupo de funcionarios y exfuncionarios señalados de presunta colaboración con el Cártel de Sinaloa en operaciones de narcotráfico y tráfico de armas.
El caso, presentado por el fiscal Jay Clayton y respaldado por la DEA, no se limita a nombres aislados. En la acusación aparecen perfiles con poder político y operativo en el estado, entre ellos el senador Enrique Inzunza Cázares, el alcalde de Culiacán Juan de Dios Gámez y mandos de seguridad, lo que dibuja un entramado donde, según autoridades estadounidenses, el crimen organizado no solo infiltró instituciones, sino que habría operado con su respaldo.
De acuerdo con el expediente, los implicados habrían utilizado sus cargos para facilitar el envío de drogas como fentanilo, cocaína y metanfetamina hacia territorio estadounidense, a cambio de sobornos millonarios. La acusación va más allá: sostiene que existía una coordinación directa con la facción de “Los Chapitos”, vinculada a los hijos de Joaquín Guzmán Loera, actualmente preso en Estados Unidos.
Uno de los puntos más delicados del documento judicial es la afirmación de que el actual gobierno de Sinaloa habría llegado al poder en un contexto de presión criminal, con intimidación a adversarios políticos y acuerdos posteriores para garantizar protección al grupo delictivo. La narrativa plantea un escenario donde las instituciones no solo fallaron, sino que presuntamente fueron utilizadas como herramientas del propio cártel.
El caso también incluye acusaciones particularmente graves contra mandos policiales, a quienes se les atribuyen actos de violencia directa, incluyendo secuestro, tortura y asesinato de presuntos informantes vinculados a autoridades estadounidenses. Según la fiscalía, estos hechos reflejan un nivel de colusión que rebasa la corrupción tradicional y se acerca a una estructura criminal incrustada en el aparato público.
Desde Washington, el mensaje fue claro: ningún cargo público será escudo ante la justicia. Para las autoridades estadounidenses, organizaciones como el Cártel de Sinaloa no podrían sostener su capacidad operativa sin la complicidad de funcionarios.
La reacción del gobernador no se hizo esperar. Rubén Rocha Moya rechazó tajantemente las acusaciones, calificándolas como infundadas y parte de una estrategia que, a su juicio, atenta contra la soberanía nacional y busca golpear políticamente al movimiento al que pertenece. Insistió en que demostrará su inocencia y denunció una intención de desestabilización.
Rechazo categórica y absolutamente las imputaciones formuladas en mi contra, por la Fiscalía Federal del Distrito Sur de Nueva York, ya que carecen de veracidad y fundamento alguno. Y así se demostrará, con toda contundencia, en el momento oportuno.
— Rubén Rocha Moya (@rochamoya_) April 29, 2026
Este ataque no es únicamente…
Sin embargo, más allá de las declaraciones, el fondo del asunto deja una pregunta incómoda: ¿qué tan profundo es el vínculo entre política y crimen organizado en ciertas regiones del país? Y más aún, ¿qué ocurre cuando las acusaciones no provienen de adversarios internos, sino de tribunales extranjeros con capacidad real de actuar?
Porque si Estados Unidos decide avanzar sin titubeos, México no solo enfrentará un conflicto diplomático, sino una crisis de credibilidad institucional. Y en ese escenario, el mayor riesgo no es la tensión entre gobiernos, sino la confirmación de una sospecha que lleva años rondando: que en algunos rincones del poder, la línea entre autoridad y delincuencia dejó de existir hace tiempo.
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