martes, 19 mayo 2026
26.4 C
Monterrey

Gerson Gómez

Últimas Noticias

Members Only

En San Pedro Garza García existen tribus urbanas dedicadas al yoga aéreo, al ciclismo importado desde Ámsterdam, al café tostado por monjes etíopes y al sufrimiento financiero provocado por colegios bilingües con colegiaturas equivalentes al rescate bancario del noventa y cuatro.

Ninguna secta alcanza semejante liturgia grasa, masculina, carbonizada y ceremoniosa como la Sociedad Mexicana de Parrilleros.

No resulta un club cualquiera. Tampoco un sindicato del carbón vegetal. Mucho menos una simple reunión dominical con salchichas tiesas y música norteña descargada ilegalmente. Allí habitan los elegidos del humo.

Caballeros perfumados con brisket texano, rib eye prime, cerveza artesanal con nombres impronunciables y relojes capaces de pagar un semestre universitario completo.

Members only.

Así, en inglés obligatorio, debido al miedo ancestral regiomontano hacia cualquier palabra parecida al sindicalismo.

La sede permanece escondida entre avenidas relucientes, camionetas monstruosas y edificios corporativos similares a fortalezas financieras. Desde afuera, cualquiera imaginaría un centro diplomático. Adentro, el panorama recuerda una mezcla entre templo vikingo, búnker de influencers gastronómicos y casting tardío para narcocorridos empresariales.

La cerveza aparece primero.

Cubetas enteras sudando sobre mesas enormes. Latas importadas desde Bélgica, Monterrey, Colorado o algún país escandinavo donde seguramente también asan mamuts. Nadie llega sobrio al ritual. Sería ofensivo. Allí cada socio presume barriga orgullosa, sonrisa blanqueada mediante créditos infinitos y mandiles bordados con frases motivacionales acerca del fuego.

“Smoke master”. “Meat dealer”. “Brisket therapist”.

El carbón arde mientras decenas de hombres contemplan cortes sangrantes con expresión casi religiosa. Ningún sacerdote católico observa hostias con semejante devoción.

A pocas cuadras, un restaurante gigantesco despliega hostess impecables. Vestidos negros, tacones afilados, sonrisas entrenadas mediante salarios tristes. Desde la terraza pueden distinguirse los parrilleros entrando en caravana. Camionetas GMC, Cadillac Escalade, RAM TRX y algún Porsche Cayenne manejado por juniors todavía incapaces de pronunciar “inflación” sin consultar TikTok.

Las hostess sonríen. Los parrilleros saludan.

Todos participan del mismo ecosistema aspiracional: humo premium, proteína animal y apariencias hipotecadas.

Dentro del club nadie pregunta ideologías políticas. Basta observar el reloj ajeno. Allí existen empresarios acereros, herederos inmobiliarios, traumatizados fiscales, odontólogos amantes del bourbon, arquitectos obsesionados con Miami, influencers fitness consumidores secretos de chicharrón y jóvenes emprendedores enriquecidos mediante aplicaciones inútiles dedicadas a entregar croquetas orgánicas para bulldogs franceses.

También aparecen médicos cirujanos especializados en reconstruir narices arruinadas por cocaína elegante. Contadores públicos aficionados al golf. Dueños de agencias automotrices. Notarios públicos capaces de vender hasta sus propios primos por terrenos ubicados cerca del río Santa Catarina.

Nadie admite ansiedad. Todos la padecen. Por eso cocinan carne durante ocho horas.

La parrilla funciona como confesionario contemporáneo. Allí ningún hombre llora. Mejor compra otro tomahawk.

Cada reunión parece capítulo perdido entre reality culinario y convención petrolera. Uno presume sal del Himalaya. Otro utiliza cuchillos japoneses fabricados manualmente por ancianos samuráis. Algún iluminado habla durante cuarenta minutos sobre ahumadores provenientes de Texas mientras el resto asiente igualito a ministros escuchando cifras económicas falsas.

La grasa chorrea. La cerveza desaparece. El colesterol celebra.

Desde alguna bocina emerge country texano mezclado con corridos tumbados. Extraña alianza fronteriza: Monterrey imaginando Dallas mientras consume playlist patrocinada por adolescentes con cadenas gigantes.

La comida resulta secundaria. Lo verdaderamente importante consiste en pertenecer.

Members only.

Pertenecer al club invisible del éxito norteño. Allí ningún socio reconoce miedo financiero aunque deba cuatro tarjetas platinum. Nadie menciona divorcios. Mucho menos hijos resentidos estudiando en Canadá. Frente al humo todos representan personajes invencibles.

Uno llega vestido completamente negro, parecido a guardaespaldas balcánico. Otro utiliza sombrero estilo Yellowstone. Alguno más presume tenis blancos imposibles de ensuciar incluso caminando cerca del carbón. Parecen ejecutivos preparados para cerrar contratos petroleros mediante costillas bañadas en salsa bourbon.

San Pedro contempla semejante espectáculo con absoluta normalidad.

Allí cualquier hobby termina convertido en religión corporativa. Pádel, vino, crossfit, motos italianas, yoga con cuencos tibetanos, cocina molecular. Faltaba únicamente canonizar el humo vacuno.

Entonces aparecieron ellos. La Sociedad Mexicana de Parrilleros. Caballeros del carbón. Defensores del marmoleo. Poetas del rib eye.

En cada sesión circulan historias magnificadas mediante cerveza abundante. Alguno asegura haber probado wagyu japonés criado con masajes y música clásica. Otro jura cocinar mejor brisket comparado con restaurantes texanos. Todos exageran. Absolutamente todos.

La exageración constituye ingrediente principal. Sin ella apenas existirían hombres sudando alrededor del fuego. Con supremacía aparecen héroes suburbanos.

Mientras tanto, afuera del club, Monterrey continúa respirando polvo industrial, tráfico infernal y aire condimentado con metales pesados. Colonias enteras sobreviven entre salarios mínimos, camiones descompuestos y calor monstruoso. Sin embargo, dentro del santuario parrillero únicamente importa el punto exacto del término medio.

Prioridades.

México entero podría incendiarse; aun así alguien preguntaría si la arrachera necesita reposar cinco minutos adicionales.

Humor involuntario del privilegio.

La cerveza sigue llegando. IPA, lager, stout, artesanal, filtrada, importada, envejecida en barrica. Ningún hígado sobrevive limpio. Ninguna conversación permanece humilde.

A medianoche —sin mencionar astros románticos ni metáforas cursis— los socios continúan rodeando brasas igual tribu futurista. Las corbatas desaparecieron horas atrás. Permanecen únicamente camisetas negras ajustadas, relojes luminosos y manchas de grasa sobre tenis carísimos.

Un recién llegado observa fascinado.

Todavía conserva mirada ingenua. Cree ingresar a simple club gastronómico.

Error fatal.

Allí entra lentamente hacia una cofradía masculina dedicada al performance económico. Asar carne representa apenas pretexto elegante. El verdadero negocio consiste en exhibir prosperidad mediante humo aromático.

Un brisket reemplaza antiguos caballos pura sangre. La parrilla funciona como trofeo contemporáneo.

A unas cuadras, las hostess continúan recibiendo varones vestidos para Instagram. Ellas tacones resonando sobre pisos brillantes. Perfumes intensos. Cirugías discretas. Sonrisas calculadas. San Pedro jamás duerme realmente; únicamente cambia iluminación y nivel alcohólico.

Dentro del club alguien brinda levantando cerveza espumosa.

“Por la carne”. Todos celebran. Nadie menciona triglicéridos. Nunca menciona precariedad. Nadie menciona contaminación. La felicidad dura exactamente hasta terminar otra botella.

Entonces vuelve el vacío.

Por eso encienden nuevamente el carbón.