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Gerson Gómez

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El carnaval digital de las carnes vendidas: profetas del algoritmo y la moral en bancarrota

La vida es un carnaval y las penas, se pagan en dólares, pesos o criptomonedas mientras Celia Cruz retumba en la bocina barata de un teléfono celular con pantalla estrellada. Bajo las marquesinas virtuales de Twitter y Threads, el nuevo circo romano ya no necesita leones hambrientos ni emperadores aburridos; le bastan los pulgares ávidos de millones de varones solitarios que buscan consuelo entre carne digital y promesas de saliva transcontinental. Cambiamos las estrellas del firmamento por la codiciada verificación azul, esa marca mercantil que certifica quién vende mejor sus intimidades al mejor postor.

Desde las esquinas polvorientas de Monterrey y Ciudad de México hasta las heladas calles de Toronto, pasando por las luces neón de Nueva York, las esquinas bulliciosas de Bogotá, el calor carnal de Río de Janeiro y la desesperanza hiperinflacionaria de Caracas, el planeta entero asiste al mismo aquelarre cibernético. Las fronteras nacionales se desvanecen ante la fuerza bruta de un servidor web alojado en Virginia. Da igual si el cliente masturba su soledad en un departamento de Manhattan o en una vecindad latinoamericana; el producto es idéntico: porno rápido, casero, sin anestesia ni sindicato.

Las nuevas sacerdotisas del placer milimétrico operan desde la comodidad de sus recámaras. Jóvenes mujeres que apenas rozan la mayoría de edad, algunas apenas a meses de soplar dieciocho velas en pasteles comprados a plazos, descubren muy pronto que el mercado laboral tradicional paga cacahuates mientras el exhibicionismo digital regala espejitos de oro. ¿Estudiar una carrera universitaria? ¡Qué absurda pérdida de tiempo cuando un video de quince segundos mostrando muslos y gemidos falsos financia el iPhone del año! Menores de edad que falsifican credenciales o aprovechan los huecos cómplices de las plataformas para ofrecer su mercancía cárnica a un público urgido de afecto sintético.

«Todo aquel que piense que la vida es cruel, debe saber que es un carnaval… donde el algoritmo decide quién llora y quién paga la renta.»

El anonimato digital funciona como un templo pagano. Escondidos detrás de avatares anónimos y nombres de usuario sugerentes, los caballeros de la bragueta floja negocian llamadas eróticas, videollamadas personalizadas y el intercambio mutuo de voluntades mercantiles. Se compran ilusiones al mayoreo. Las voluntades humanas se reducen a transacciones de cinco dólares por adelantado vía PayPal o transferencia electrónica. La dignidad humana se cotiza a la baja en la bolsa de valores del deseo reprimido.

Observamos atónitos cómo se cocina una auténtica catástrofe de la moral occidental y latinoamericana. Los viejos moralistas se rasgan las vestiduras desde sus cómodos sillones televisivos, ignorando que sus propios hijos consumen este buffet de carne virtual entre clase y clase escolar. En Canadá, las chicas aprovechan los recesos universitarios para grabar contenido explícito; en Brasil, las fabelas digitales encuentran en la pantalla táctil el único ascensor social disponible; en Venezuela, vender el cuerpo en streaming se transformó en la tabla de salvación frente al colapso monetario. México y Estados Unidos lideran las estadísticas de consumo masivo, devorando cuerpos ajenos como si fueran palomitas de maíz en función matinee.

El amarillismo fluye espeso por las venas de esta crónica. ¡Escándalo monumental en la red! ¡Naciones enteras convertidas en prostíbulos de bolsillo! Las redes sociales prometían conectar a la humanidad en una gran hermandad global, pero terminaron construyendo el burdel más grande, eficiente y democrático de la historia humana. Aquí nadie se salva del pecado original del voyeurismo digital. Las estrellas fugaces del firmamento cayeron directas al lodo de la monetización obscena.

La guarachera de Cuba sigue cantando desde el más allá que la vida es un carnaval, recordándonos con socarronería caribeña que las penas se van bailando.

Al menos pagando la suscripción mensual de diez dólares para ver contenido sin censura. El humor negro gotea como grasa de puesto callejero: reímos para no llorar ante la desolación afectiva de una generación completa que aprendió a amar en formato GIF y a desear mediante enlaces patrocinados.

La catástrofe moral avanza silenciosa, envuelta en hilos de fibra óptica y aplausos virtuales, demostrando crudamente que el fin del mundo no llegará con fuego ni trompetas celestiales, con la transmisión en vivo de una muchacha aburrida contando billetes mientras la música tropical sigue sonando de fondo.