
Nos enseñaron a no llorar, pero no a vivir en silencio
Según el estudio de la Secretaría de Salud, la depresión continúa siendo un problema que México no puede seguir tratando como un asunto menor. Las cifras son contundentes, pero detrás de ellas hay algo todavía más preocupante cuando hablamos de los hombres: muchas veces no aprendieron a pedir ayuda.
A los hombres no les enseñaron a llorar. Les enseñaron a aguantar, a no mostrar miedo, a resolver solos los problemas y a esconder la tristeza. Y cuando aquello que duele no encuentra palabras, muchas veces encuentra una botella.
Los datos de Salud muestran una realidad que obliga a mirar más allá de las cifras: mientras las mujeres concentran la mayoría de los diagnósticos de depresión, los hombres tienen una presencia mucho mayor en los padecimientos relacionados con el consumo de alcohol.
Entonces hay que preguntarlo sin rodeos: ¿los hombres se deprimen menos o simplemente aprendieron a ocultarlo mejor?
Porque detrás de una adicción puede existir una depresión que nunca fue atendida, una familia que no supo cómo ayudar o un hombre que toda su vida escuchó que debía ser fuerte cuando, en realidad, necesitaba que alguien le dijera que también tenía derecho a quebrarse.
El problema es que seguimos llegando tarde. Atendemos la cirrosis, la adicción, la violencia, la crisis, pero muchas veces no llegamos a tiempo al origen.
Y mientras una parte de México enfrenta sus propias enfermedades en silencio, otra sigue buscando respuestas que llevan décadas esperando.
El Sol de México dio a conocer información relacionada con los archivos de la llamada Guerra Sucia y las dificultades para que documentación militar llegue al Archivo General de la Nación. Y aquí ya no estamos hablando solamente de documentos: hablamos de familias que todavía buscan respuestas sobre personas desaparecidas.
Para una institución, un expediente puede ser un archivo más. Para una madre, un padre, un hermano o un hijo, puede representar la posibilidad de saber qué ocurrió con un ser querido desaparecido hace décadas.
El Estado tiene una deuda con esas familias. Una deuda que no puede archivarse, clasificarse ni esconderse detrás de trámites interminables.
Y entonces aparece el tercer tema: Morena emite un comunicado para defender las mañaneras de Claudia Sheinbaum como un ejercicio de comunicación directa, transparencia y rendición de cuentas.
Está bien.
Pero precisamente por eso hay que preguntar: ¿la transparencia solamente consiste en hablar frente a las cámaras?
Porque la transparencia también significa abrir archivos, reconocer errores, escuchar a las víctimas y responder cuando las preguntas son incómodas.
No basta con decirle todos los días al país lo que hace el Gobierno. También hay que permitir que el país pregunte lo que el Gobierno no quiere escuchar.
Y aquí es donde los tres temas terminan encontrándose.
Un hombre que no se atreve a llorar. Una familia que lleva décadas esperando una respuesta. Y un Gobierno que presume transparencia.
México necesita algo más que discursos.
Necesita aprender a escuchar antes de que la enfermedad se convierta en tragedia, abrir la información cuando las familias tienen derecho a la verdad y entender que la rendición de cuentas no puede ser selectiva.
Porque hablar es comunicación.
Escuchar, responder y abrir aquello que incomoda es verdadera transparencia.



