
El señor de la llanta y el cerro
Con ritmo de vallenato y cumbia, como manda el barrio. Ay, compadre, préstame la gata, la llanta se ponchó en la cuesta brava.
Río Nazas arriba, donde el asfalto se rinde y la terracería manda, ahí está él. Las manos negras de tanto hule. lLa sonrisa chueca de quien ya le ganó al destino. Le dicen El Tripas. Él lo lleva con orgullo, como medalla de guerra.
Nadie sabe su nombre de pila. Ni falta hace. En la parte baja del Cerro de la Campana, las calles suben empinadas y los carros bajan rezando, El Tripas es institución, leyenda, santo patrono de la llanta ponchada.
La vulcanizadora no tiene nombre en letrero bonito. Un rin viejo colgado del poste. La llanta pintada de azul. Eso basta. Todos saben y llegan. A las seis de la mañana ya está ahí, con su café aguado y el radio a todo volumen.
La cumbia me llama, / el vallenato me nombra, / yo parcho la vida / como parcho tu llanta, compa.
¿Por qué le dicen El Tripas? Versiones sobran. Unos dicen y esto es cosa del barrio, resulta ser por flaco. Flaco alambre de púas, perro de azotea.
En sus años mozos, aseguran los viejos, se le marcaban las tripas cuando andaba sin camisa por el cerro. Otros juran algo distinto. De morro se comía las tripas del mercado como si fueran manjar. Tres tacos de tripa bien dorada y el chamaco feliz.
Él nunca confirma ni niega. Solo sonríe. Enseña los dientes chuecos. Sigue parchando.
La vulcanizadora es un altar al caos organizado. Llantas por todos lados. Apiladas como torres de Babel. Gordas, flacas, lisas, nuevas, viejísimas. Hay una hamaca entre dos postes. el perro echado, siempre hay un perro echado, con cara de filósofo jubilado. Hay un calendario de hace tres años con la güera en bikini. El tiempo ahí no avanza. Se estanca. Se vulcaniza.
Ay, Tripas, Tripas, / rey del cerro y la gata, / tú le das vida al rin / cuando la suerte es ingrata.
El Tripas trabaja con método propio. Primero mira la llanta. La estudia. Le da vueltas. La acaricia. Doctor revisando paciente. Luego dictamina.
Tiene remedio, ya valió, compa. Su palabra es sentencia. Inapelable. Si El Tripas dice la llanta murió, ni el mejor cirujano la resucita.
Cobra barato. Cincuenta pesos el parche. Cien si la cosa está grave. Si el cliente anda muy jodido, fía. Apunta en el cuaderno mugroso. Ese cuaderno es el libro sagrado de las deudas del barrio. Nadie lo ha visto completo. Dicen tiene más páginas escritas a la Biblia.
El Tripas fía, no regala. La diferencia es sutil y sagrada. Fiar es acto de fe. Regalar es lástima. En el cerro la lástima no se acepta.
Yo no nací en cuna de oro, / nací en cuna de rin, / pero tengo más riqueza / la gente fina de aquí.
Los taxistas lo veneran. Los repartidores lo buscan. Las señoras del cerro bajan con sus carriolas desinfladas. Los morros llegan con sus bicis ponchadas. Todos pasan por las manos del Tripas. Manos gruesas. Manos agrietadas. Manos con más historias incrustadas en los nudillos de las contadas por cualquier libro.
Tiene un ayudante. Le dicen el cachetes. Gordo, chaparro, sudoroso. El contraste perfecto. El Tripas es alambre, el cachetes es tambo. Juntos parecen caricatura. Juntos son el dúo dinámico del hule y el parche. El Cachetes carga las llantas. El Tripas opera. División del trabajo, versión Cerro de la Campana.
La calle Río Nazas sube con ganas. Los coches la sufren. Las suspensiones lloran. Los baches son cráteres lunares. Por eso El Tripas nunca se queda sin trabajo. La calle misma es su mejor publicidad. Cada bache un cliente futuro. Cada lluvia es temporada alta. Cuando el agua baja del cerro, arrastra piedras. Las piedras rompen llantas. Las llantas rotas llegan al Tripas. Ciclo perfecto. Economía circular del barrio.
Río Nazas, Río Nazas, / tú me traes la clientela, / con tus baches y tus piedras / me aseguras la quesadilla.
Hay algo más en El Tripas. Algo difícil de nombrar. Es consejero. Es psicólogo de banqueta. Mientras parcha tu llanta, te parcha el alma. No se agüite, compa, dice. La vida es como la llanta. se poncha, parcha, y sigue rodando. Filosofía del hule. Sabiduría del cerro.
Los domingos descansa. Se sienta en la silla de plástico, sube el volumen del radio, y ve pasar la vida. Cumbia, vallenato, norteña. Todo cabe en su bocina, suena igual de fuerte. Los vecinos ya ni se quejan. Es parte del paisaje sonoro. Como los perros ladrando, los gallos a deshoras, el camión del gas con su grabación eterna.
Domingo de descanso, / lunes de chambear, / El Tripas no se raja, / El Tripas es inmortal.
Lleva treinta años en el mismo lugar, parchando, viendo crecer el cerro. Vio llegar familias, partir otras. Nacer chamacos ahora ya con hijos propios. Él sigue ahí. Inamovible. El cerro mismo. La campana arriba, silenciosa y eterna.




