
Por: José Negrón Valera
A cuatro meses del doblete sísmico del 24 de junio, las vías de La Guaira están despejadas y cuadrillas del Gobierno trabajan en la demolición de estructuras inhabitables. Bajo los escombros removidos persiste, además, la resiliencia de la población.
Un estudio de la Universidad de Chile reveló que el doblete sísmico fue uno de los tres más intensos jamás medidos en el mundo. Sin sismómetros en la zona, el equipo usó videos de cámaras de seguridad de un local de Caraballeda para reconstruir el movimiento del suelo: la velocidad máxima alcanzó unos 202 centímetros por segundo, casi el doble de lo que contempla la norma sísmica venezolana para un terremoto extremo. El movimiento duró menos de un segundo y fue suficiente para que ocho edificios colapsaran simultáneamente.
Esa fuerza explica lo que Anyuris Blanco atestiguó desde una cuadra de distancia. “Vi cómo se caían los edificios, la gente en desespero. Era una nube de polvo”, recuerda la habitante del bloque 25 de la OPPPE en diálogo con Sputnik.
“Los pisos cuatro, cinco y tres nunca cayeron de manera consecutiva, sino dispersos”, añadió y recordó el sonido de los gritos y el olor a gas: “Todo explotaba, todo explotaba”.
Los varios niveles de impacto
La doctora Meyby Ugueto-Ponce, investigadora asociada del Laboratorio de Antropología del Desarrollo del Centro de Antropología y coordinadora de la Red de Apoyo Psicosocial Sin Fronteras, advierte que los efectos del terremoto no son homogéneos.
“Hay varios niveles de afectación y varias capas de esos niveles. No es lo mismo una persona que perdió su casa y tuvo que ir a trabajar al día siguiente que quien perdió toda su familia, o quien estuvo gestionando la posibilidad de vida de personas debajo de los escombros”, dijo en diálogo con Sputnik.
La red, que surgió a partir del doblete sísmico con el apoyo de psicólogos de México y Brasil, realizó talleres de contención y apoyo psicoemocional dirigidos a quienes estuvieron en primera línea: personal de salud, rescatistas, voluntarios.
“Hablamos de la hiperalerta, de las réplicas, del miedo, de la facilidad para el llanto cotidiano”, explica. Sin embargo, reconoce una limitación estructural: “En Venezuela hay un déficit de psicólogos asistenciales en el sistema de salud”.
Los más vulnerables, señala la analista, son los adultos mayores y los niños. “Algunos ancianos quedaron sin familia, con problemáticas de base como hipertensión o diabetes, en zonas donde probablemente no llega la ayuda tan directa”.
Comunidad organizada
Pese al complicado escenario que dejó el doblete sísmico, Anyuris Blanco destaca el nivel de participación de la población en la atención de la crisis, enfatizando la ayuda brindada por la población que se organizó mediante diferentes sistemas sociales.
El centro de atención ambulatorio de Caraballeda, que recibía a 25 o 30 personas diarias, incrementó su demanda hasta los 3.000 pacientes, con solo dos doctores y cuatro enfermeras. “Llegamos a ser médicos forenses, llegamos a ser policías”, dice Blanco. Y añade: “Aquí la gente sacó lo bueno y sacó lo malo. Mientras nosotros estábamos tratando de salvar vidas”. La labor no fue solo de rescate físico. Ugueto destaca que las estructuras comunitarias, aunque afectadas, siguieron funcionando: “Los consejos comunales, las salas de Gobierno, el tejido sociocomunitario. Esa fortaleza del guaireño y la guaireña genera una contención social importante”.
“Todos los días siguen siendo dolorosos; mientras más días, más doloroso, pero logramos salir adelante”, añadió la residente de La Guaira.
Los jóvenes que se quedaron
Entre esa organización comunitaria destaca la figura de Darwin Martínez, un joven del sector que, como él mismo se presenta ante Sputnik, fue apodado “Topo” por haber estado desde el primer día entre los escombros de la Torre Eiffel de la OPPPE 25.
“Fui uno de los sobrevivientes del doblete sísmico. Fue una tragedia muy fuerte, muy dura para nosotros como vecinos, porque perdimos a muchas personas, perdimos familias, amistades”, relata.
Martínez llegó de los Tambores de San Juan, una celebración tradicional, cuando ocurrió el sismo. En ese momento se enteró del colapso de la torre, en donde se encontraban familiares suyos: “Los pude encontrar ya un mes después, que yo mismo los saqué con mis manos, junto a mi equipo de trabajo”. En total, perdió a seis de sus parientes.
“Lo que más recuerdo eran los gritos de las personas; escuchaba gritos de auxilio, ‘ayúdame’. Entonces uno tenía que tomar una decisión precisa de a quién salvar y a quién no salvar, porque salvabas a una persona y la otra que te pedía ayuda dejaba de gritar. Esa fue una de mis pruebas más difíciles”, relató. Pese a ello, su equipo logró sacar con vida a más de 30 o 40 personas. Sobre su formación, Martínez cuenta que ya tenía un curso de sobrevivencia en montaña realizado en su juventud, y que aprendió mucho más de los equipos de rescate que llegaron del exterior. “Junto con el equipo que vino de fuera, he aprendido mucho más; me pudieron implementar su conocimiento para agilizar el trabajo aquí”.
Cuatro meses después, sobrellevar la situación no ha sido fácil. “Ha sido muy duro, porque yo fui quien sacó a mis propios familiares con mis propias manos para darles una sepultura digna. Me ha tocado fuerte, pero siento que ellos me dicen ‘no te preocupes, estamos bien, estamos contigo, sigue adelante’, y es lo que me mantiene ahorita en pie”.
El camino de la resiliencia
El estudio de la Universidad de Chile, que reconstruyó el movimiento del suelo a partir de videos de seguridad, consigna que “cerca de 1.300 edificaciones colapsaron en el estado La Guaira y más de 26.290 resultaron dañadas en todo el país, según datos preliminares de la Comisión Presidencial para la Evaluación de Habitabilidad de Infraestructura”.
Sin embargo, los balances oficiales difundidos por el Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información (MIPPCI) reportan cifras más conservadoras: 856 edificios afectados y 190 colapsados a nivel nacional, con 158 del total concentrados en La Guaira.
Ugueto argumenta que la reconstrucción debe incluir la dimensión humana. “Definitivamente tiene que haber una pluralidad de voces, y las principales tienen que ser la gente de la comunidad. La gente es la que conoce el territorio. La Guaira es irreconocible inclusive para el guaireño, pero sigue siendo reconocible. Hay que generar un proceso de resignificación de ese territorio”.
“La gente no se quiere ir porque hay cuatro, cinco, seis generaciones que le dan sentido a su vida. He escuchado varias veces: ‘Me van a tener que sacar muerto de La Guaira’. (…) La capacidad instalada del Estado debe revisarse, pero también debe conversarse con las y los guaireños”, concluye.
Fuente: https://noticiaslatam.lat/
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