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Gerson Gómez

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Manual de campo para cínicos

Monterrey, ciudad medida a sí misma con regla de albañil. Primero la colonia. Luego la escuela. Después el apellido. Al final, cuando ya te acomodaron en el escalafón, te sirven el café.

Vamos por municipio. Tome nota, luego la pregunta viene con examen.

El sampetrino no dice soy de San Pedro. Dice vivo en el Valle. Como quien dice vivo en el Edén, pero con valet parking.

Se le reconoce por el apellido compuesto, la camioneta no cabe en ninguna calle de su propia ciudad y la secundaria privada con nombre de santo o de universidad gringa. La primaria fue el Colegio Alpes, el Americano o el Instituto Cumbres. La secundaria, la misma cosa con más uniforme. La preparatoria, lugar donde el pase de lista se firma con el cheque de la colegiatura.

Dice ay, qué fuerte cuando ve un charco. Dice no manches cuando ve un camión urbano. Ya no se puede vivir en esta ciudad desde una terraza con vista al Cerro de la Silla.

Habladuría de portón. El fraccionamiento de al lado ya dejó entrar a una familia de Apodaca, pero con bardas altas, por favor.

El nicolaíta es un orgullo con tenis. Estudió la primaria en la Federal, la secundaria técnica y la prepa en la UANL, porque la Autónoma es su segunda piel y su primera pelea.

Dice mijo y mija con ternura. No se da en otros códigos postales. Conoce al del puesto de tacos por nombre y al del taller por apodo. Ama a los Tigres con fe de feligrés y odia a los Rayados con teología.

Su bandera es la dignidad de quien trabaja, y su secreto es la clase alta de San Pedro le cae mal.

El juarense llegó a la zona metropolitana por la autopista de la esperanza. Casa de interés social, hipoteca a veinte años, ruta de camión de hora y media. Tiene la mirada cansada de quien vive lejos de todo, menos de la cuenta por pagar.

Primaria donde alcanzó cupo. Secundaria, la del turno vespertino. Preparatoria, la de la esquina o la de nunca

Ando bien trucha para esquivar el cobrador, ahorita voy para no dar la fecha. Es el rey de la logística. Sabe la hora del camión, la esquina donde se llena y cuál asiento no tiene tornillo.

García, municipio al de Monterrey. Voltea a ver cuando quiere paisaje y no vecinos. El garcíense es del extremo poniente, del cerro, de los fraccionamientos crecidos como hongo y del polvo interminable.

Lo reconoce por el mapa mental. Nunca sabe cuántos minutos faltan, siempre sabe cuántos kilómetros sobran. Dice allá por la sierra aunque viva en una privada con portón eléctrico. El municipio con más crecimiento en vivienda es también del rezago en servicios básicos. Los números del INEGI lo dicen sin adornos. Eso no es chisme, es censo.

El regio de la capital es ese, en cuanto se enfada, saca el ándale pues. Se jacta de su ciudad es de hombres de trabajo. Se queja del dinero no alcanza. Acomoda según la zona: Centro, Mitras, Obispado, Cumbres, Tecnológico.

Disciplina nacional, practica en cada colonia regia, sin importar el código postal. La técnica de no abrir.

Suena el timbre y el cuerpo entra en modo de supervivencia. Baja el volumen de la tele. Aplasta uno contra el sillón. Los niños aprenden a no ladrar. El perro, no. El perro nunca.

Los más expertos conocen el horario del camión de la basura como quien conoce el horario del tren a Europa. A las siete de la mañana, ni un alma en la banqueta. A las siete y cinco, el bote ya está en la calle. A las siete y diez, el recolector pide la cooperación, y alguien detrás de la cortina susurra. No hay nadie, no hay nadie.

Porque la limosna, en esta ciudad, no se da. Se regatea con la conciencia. La gnosis casi siempre pierde, se prefiere no dar la cara.

Dar una moneda duele. No porque la fortuna pese, sino pesa lo que esa moneda dice.

La ciudad se enorgullece de su productividad, industrias, acero, cerveza y universidades. El Coneval, una parte importante de la población de Nuevo León vive con carencias sociales, y la desigualdad se camufla bajo el brillo de las torres de cristal. Dato duro, sin maquillaje. El estado produce riqueza para presumir y deja pobreza para esquivar. El bolsillo confesionario. Cada peso retenido es sermón. Cada compromiso dado es herida pequeña. Se cierra con un ni modo.

Es cuestión de buena presentación. La piel habla, aunque el discurso calle. El morenito es de rancho. El güerito de buena familia. El de la camioneta del año licenciado. El de la combi es chofer. La misma sonrisa, en dos rostros distintos, tiene dos precios en el mercado de la simpatía.

Lo dicen los estudios del INEGI sobre discriminación: en México, el tono de piel guarda relación con el nivel educativo y el ingreso. No es opinión de cantina. Es estadística, además es más cruel a cualquier chisme.

El clasismo no es una grosería. Es arquitectura. Se construye con bardas, con apellidos, colonias cerradas, escuelas de filtro y el verbo superarse dicho siempre con un dedo apuntando hacia otro.

La pobreza, mientras tanto, no es un defecto del carácter. Es cálculo. Transporte caro, salario corto, vivienda lejana y cuentas largas. Quien la padece no necesita sermón. Necesita banqueta, agua, camión a tiempo, escuela con maestro y sueldo alcance para llegar a fin de mes sin pedir prestado al siguiente.

Lo más incómodo. Quien la padece nos mira desde el otro lado de la cortina, sabe perfectamente estamos detrás y ya no toca el timbre. Aprendió el silencio también es respuesta.

La pregunta es cuántas puertas has cerrado para no verle la cara al que toca. Monterrey se puede saber de dónde viene cada quien con solo oír el acento, ver el calzado o preguntar por la primaria.

Hay una prueba más honesta. La hora en pasar el camión de la basura y la velocidad con que apagas la luz. Esa no se hereda con el apellido. Se elige. Cada mañana. Detrás de la cortina.