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Gerardo Ledezma

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Entre la apatía, la guerra y los fantasmas del pasado

Hay momentos en los que un país parece desconectado de sí mismo. Hoy, México vive uno de esos lapsos incómodos donde la ilusión, la indignación y la memoria chocan sin orden ni rumbo claro.

Arranquemos por lo que debería unir: el futbol. La Selección Mexicana, históricamente refugio emocional de millones, hoy genera más indiferencia que pasión. No es un invento, lo dicen las cifras publicadas por Excélsior y sustentadas por Mitofsky: el entusiasmo rumbo a la Copa Mundial de la FIFA 2026 se desplomó de manera alarmante. Apenas uno de cada cuatro mexicanos muestra interés en seguir el torneo. El resto, simplemente ya no cree.

Y no, no es culpa del futbol. Es culpa de lo que han hecho con él. Un equipo sin identidad, sin carácter y con decisiones que parecen tomadas más en escritorios que en la cancha. Más de la mitad de los encuestados reprueba al Tri. Y con razón. Porque el problema no es perder o empatar, es no transmitir absolutamente nada. La desconexión es total: un equipo que no ilusiona y una afición que ya dejó de exigir… porque dejó de esperar.

Pero mientras aquí discutimos si el balón entra o no, el mundo arde. Literal. El nuevo episodio de tensión internacional encabezado por Donald Trump, en coordinación con Israel, ha escalado a niveles alarmantes tras los bombardeos en Irán. Más de 100 mil instalaciones civiles dañadas, viviendas destruidas, hospitales alcanzados, niños muertos. Y aún así, el discurso se sigue vendiendo como estrategia, como defensa, como geopolítica.

La realidad es más cruda: se normaliza la destrucción. Se justifican ataques que golpean directamente a la población civil. Y lo peor, se hace con una frialdad que ya ni sorprende. El mundo se acostumbra peligrosamente a ver la guerra como un espectáculo lejano, como si no fuera un recordatorio constante de lo fácil que es perder el rumbo.

Y mientras afuera hay fuego, adentro seguimos atrapados en nuestras propias sombras. El caso de Mario Aburto Martínez vuelve a abrirse, arrastrando consigo uno de los episodios más oscuros de la política mexicana: el asesinato de Luis Donaldo Colosio.

Para muchos jóvenes, es historia lejana. Para quienes lo vivieron, es una herida que nunca cerró. Hoy, con la posibilidad de reabrir la investigación por presunta tortura, el caso vuelve a sacudir la narrativa oficial que durante décadas se intentó dar por concluida. Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿qué tanto de lo que creemos saber es realmente cierto?

Porque si algo ha caracterizado a este país es su habilidad para enterrar verdades incómodas bajo toneladas de versiones oficiales. Y ahora, con un proceso judicial que revive dudas, lo que se tambalea no es solo una sentencia, sino la credibilidad de todo un sistema.

Así estamos: sin fe en la selección, con el mundo al borde de conflictos mayores y con el pasado regresando para recordarnos que nunca se fue.

México, hoy, no solo enfrenta retos. Enfrenta verdades.

Y esas, suelen ser mucho más difíciles de digerir.

Por cierto, ayer fui Bolivia y perdí.