
Entre “traidores a la patria” y narcopolítica: México vive su propia contradicción… mientras Morena define si va contra Samuel García
México vive tiempos extraños. Tiempos donde el discurso oficial cambia según convenga, donde la indignación se administra por colores partidistas y donde el cinismo político parece haberse convertido en política de Estado.
Ahora resulta que comenzó la “defendedera”. Primero en Chihuahua, donde el PAN salió en bloque a proteger a la gobernadora María Eugenia Campos, acusando persecución política luego de que la Fiscalía General de la República la citara para explicar la presencia de agentes estadounidenses en territorio mexicano. Y sí, aquí vale decirlo claramente: esos mismos laboratorios clandestinos que durante años se negaron desde Palacio Nacional, hoy aparecen destruidos en operativos conjuntos con agencias extranjeras.
Aquello de “en México no se fabrica fentanilo” terminó convertido en una de las negaciones más vergonzosas de la narrativa obradorista. La realidad terminó aplastando el discurso. Ahí estaban los narcolaboratorios. Ahí estaban los químicos. Ahí estaban las rutas. Y ahí estaba también la colaboración internacional que públicamente se minimizaba mientras, por debajo de la mesa, seguía operando.
Pero mientras el PAN denuncia persecución y Morena se rasga las vestiduras hablando de “traición a la patria”, el país entero observa otro detalle imposible de ignorar: jamás en la historia moderna de México había existido tal cantidad de personajes ligados al partido en el poder señalados por presuntos nexos con el crimen organizado. Gobernadores, alcaldes, legisladores, operadores políticos y hasta candidatos han sido mencionados en investigaciones nacionales e internacionales. Y aun así, desde Morena se pretende vender la idea de que el problema de la infiltración criminal comenzó apenas ayer.
Por eso suena profundamente contradictorio —por no decir descaradamente cínico— que ahora el gobierno federal impulse filtros de “integridad” para impedir que perfiles ligados al crimen organizado lleguen a candidaturas. La pregunta inevitable es: ¿y quién revisará a los que ya llegaron? ¿Quién auditará los pactos políticos del pasado reciente? ¿Quién responderá por los abrazos mientras el país se incendiaba?
La presidenta Claudia Sheinbaum insiste en que “México no es colonia de nadie”. Y en teoría tiene razón. Pero la soberanía no se defiende únicamente con discursos en plazas públicas ni con informes masivos transmitidos en las 32 entidades del país. La soberanía también se pierde cuando regiones enteras quedan sometidas por el crimen, cuando los gobiernos son rebasados y cuando la autoridad necesita mirar hacia Washington para actuar con contundencia.
Resulta inevitable preguntarse por qué tanta prisa en encabezar un gran informe nacional apenas a dos años del triunfo electoral y justo en medio de tensiones políticas, acusaciones internacionales y a días del Mundial 2026. Porque el mensaje parece ir mucho más allá de la rendición de cuentas: parece un intento por blindar políticamente al régimen antes de que la presión internacional y la violencia interna terminen golpeando todavía más fuerte.
Y mientras tanto, la FIFA ya puso la lupa sobre México. No solamente por la piratería y las transmisiones ilegales rumbo al Mundial 2026, sino por algo todavía más delicado: el deterioro de la imagen de un país donde la informalidad rebasa a las instituciones, donde las plataformas ilegales proliferan y donde el Estado parece llegar tarde a prácticamente todos los problemas importantes.
Por cierto, este lunes Morena podría finalmente fijar postura sobre si respaldará —o volverá a frenar— el juicio político contra Samuel García. Y sí, nuevamente estará en Nuevo León Alejandro Murat, el mismo personaje que en su anterior visita dejó más dudas que certezas y terminó señalando culpables con nombres equivocados mientras intentaba apagar el incendio político.
Habrá que ver si ahora viene a construir acuerdos o simplemente a dictar línea a diputados y diputadas morenistas. Porque a estas alturas, en la política mexicana ya cuesta distinguir dónde termina la estrategia partidista y dónde comienza la simulación.



