
Mundial, desaparecidos y la realidad que no se puede esconder
Mientras el mundo celebraba este fin de semana una noticia que parecía improbable hace apenas unos meses, en México la realidad volvió a recordarnos que hay problemas que ningún espectáculo puede ocultar. Después de más de tres meses de enfrentamientos, Estados Unidos e Irán alcanzaron un acuerdo de cese al fuego. Una guerra que dejó muerte, destrucción e incertidumbre encontró finalmente una pausa.
Paradójicamente, mientras en otras partes del mundo se habla de detener la violencia, en nuestro país seguimos conviviendo con ella como si fuera algo normal.
Monterrey vivió una jornada histórica. El Mundial regresó a Nuevo León y miles de aficionados llenaron calles, hoteles, restaurantes y el Estadio Monterrey para presenciar el duelo entre Suecia y Túnez. La organización fue exitosa, la fiesta fue mundialista y la ciudad mostró su mejor rostro ante los ojos del planeta.
Pero fuera de la cancha ocurrió algo que merece tanta atención como cualquier resultado deportivo.
Mientras miles de personas acudían al estadio, madres buscadoras volvieron a levantar fotografías de sus hijos y familiares desaparecidos. En la Plaza de los Desaparecidos se actualizó una cifra que debería estremecer a cualquier sociedad: México ya supera las 133 mil personas desaparecidas. Además, se puso en marcha la iniciativa denominada “Mundial por los Desaparecidos”, un esfuerzo para recordar que detrás de la celebración deportiva existe una crisis humanitaria que sigue esperando respuestas.
Y fue entonces cuando ocurrió una escena que quizás resume mejor que cualquier discurso la realidad del país. Aficionados suecos que llegaron a Monterrey para disfrutar del futbol se detuvieron a observar las fotografías, escuchar testimonios y expresar solidaridad con las madres buscadoras. Un gesto sencillo, humano y espontáneo.
Lo más triste es que, mientras extranjeros mostraban empatía, dentro de México hubo quienes reaccionaron de forma muy distinta.
La semana también dejó declaraciones lamentables de un comentarista deportivo que sugirió el uso de “tanquetas”, “agua con potencia” e incluso “balas de goma” para contener las manifestaciones durante el Mundial. Más allá de cualquier explicación posterior, la sola idea de plantear medidas de fuerza contra ciudadanos que ejercen su derecho a protestar resulta preocupante, especialmente cuando muchas de esas personas son madres que llevan años buscando a sus hijos.
La verdadera pregunta no es por qué protestan. La verdadera pregunta es por qué siguen teniendo que hacerlo.
Porque mientras el país celebra la llegada de visitantes internacionales, la violencia continúa siendo una realidad cotidiana. Datos recientes revelan que en lo que va del año han muerto en México 21 ciudadanos estadounidenses en hechos relacionados con la delincuencia organizada. La cifra resulta impactante porque supera incluso las bajas militares que Estados Unidos ha reconocido durante su reciente conflicto con Irán.
Es una comparación incómoda, pero inevitable.
Mientras una guerra internacional encuentra caminos para detenerse, México sigue atrapado en una violencia que parece no tener fin. Seguimos acumulando desaparecidos, homicidios, familias desplazadas y comunidades enteras marcadas por el miedo.
La pregunta no es si el Mundial será un éxito. Todo indica que lo será. La pregunta es qué pasará cuando los reflectores se apaguen, cuando las selecciones regresen a sus países y cuando los estadios vuelvan a la normalidad.
Porque entonces seguirán ahí las madres buscando a sus hijos. Seguirán las familias esperando justicia. Seguirán los desaparecidos sin ser encontrados y seguirá una sociedad acostumbrándose peligrosamente a convivir con la tragedia.
Quizá la imagen más poderosa del fin de semana no fue un gol ni una celebración en las tribunas. Fue la de unos aficionados extranjeros que se detuvieron a escuchar a quienes buscan a sus seres queridos. Mientras algunos hablaban de balas de goma, otros ofrecían solidaridad. Mientras unos veían una molestia, otros entendieron que detrás de cada fotografía hay una historia, una familia y una ausencia.
El Mundial es una fiesta que merece disfrutarse. Pero también es una oportunidad para recordar que ningún evento deportivo, por grande que sea, puede esconder la realidad de un país que todavía tiene una enorme deuda con la verdad, la justicia y la paz.
Y mientras esa deuda siga pendiente, habrá una pregunta que continuará resonando por encima de cualquier celebración:
¿Dónde están?
Por cierto, el idiota al que referimos: Fue el comentarista Mauricio Ymay, actualmente analista de TUDN. La polémica surgió durante una transmisión del pódcast Off the Record, donde se discutían las posibles manifestaciones de la CNTE, colectivos sociales y madres buscadoras durante el arranque del Mundial 2026. Y fue cuando señaló “Tanquetas, agua con potencia, balas de goma. ¡Vámonos!”
Y posteriormente insistió: “Balas de goma. Pum, pum, pum… ¿cuándo van a volver a cerrar Reforma? ¡Nunca!”
-Por cierto, a está miserable, deberían de apartarlo de un micrófono.



