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Gerardo Ledezma

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El país donde todos terminan bajo sospecha

México atraviesa uno de los momentos más delicados de los últimos años. Un país donde la seguridad parece depender cada vez más de agencias extranjeras, donde el poder político entra en confrontación abierta con medios de comunicación y donde las denuncias judiciales comienzan a multiplicarse sospechosamente justo rumbo a las elecciones del 2027.

La polémica estalló en Chihuahua, después de declaraciones y reportes vinculados al secretario de Seguridad Pública estatal, Gilberto Loya Chávez, sobre presuntos esquemas de coordinación e intercambio de inteligencia con agencias estadounidenses como la CIA, FBI, DEA y CBP dentro del complejo de seguridad conocido como Torre Centinela en Ciudad Juárez.

Y aunque algunos intentaron minimizar el tema, la discusión es mucho más profunda de lo que parece. Porque cuando en México se empieza a hablar con normalidad sobre presencia, coordinación o participación de agencias estadounidenses en tareas de seguridad nacional, lo que realmente queda exhibido es el tamaño de la crisis institucional del país.

La narrativa oficial sigue hablando de soberanía, independencia y dignidad nacional, pero la realidad parece contar otra historia. Una donde Washington presiona cada vez más, supervisa más y participa más en la estrategia mexicana contra el crimen organizado.

La pregunta es inevitable: ¿hasta dónde está dispuesto México a ceder en nombre de la seguridad?

Porque una cosa es la cooperación internacional y otra muy distinta es normalizar que organismos extranjeros operen o influyan dentro de estructuras estratégicas mexicanas. Y peor aún cuando todo esto ocurre mientras el país vive una de las etapas más violentas y vulnerables de su historia reciente.

El problema de fondo es brutal: el propio Estado mexicano parece reconocer, silenciosamente, que no puede enfrentar solo al crimen organizado.

Y mientras eso ocurre, el ambiente político comienza a tensarse peligrosamente.

La confrontación entre el gobierno federal y TV Azteca dejó ver otra señal preocupante. La respuesta de la televisora al llamado de la presidenta Claudia Sheinbaum para no consumir sus contenidos abrió un debate que va mucho más allá de simpatías políticas o líneas editoriales.

Porque cuando desde el poder se comienza a señalar públicamente qué medios deben verse y cuáles no, el país entra a un terreno muy delicado. Uno donde la crítica empieza a incomodar demasiado y donde cualquier cuestionamiento corre el riesgo de ser etiquetado automáticamente como ataque político.

La democracia necesita contrapesos. Necesita prensa crítica. Necesita debate incómodo. Y sí, también necesita medios responsables. Pero jamás termina bien un país donde el poder y los medios entran en lógica de exterminio mutuo.

Lo más preocupante es que México parece avanzar hacia una dinámica donde todos terminan bajo sospecha.

Gobernadores. Alcaldes. Legisladores. Empresarios. Medios. Opositores. Todos.

Ahora Morena presentó denuncias contra Samuel García y Mariana Rodríguez por presunta triangulación de recursos, enriquecimiento ilícito y promoción personalizada. Y según versiones políticas, esta misma semana vendrían nuevas ofensivas contra el alcalde de Monterrey, Adrián de la Garza.

El problema no es investigar. Toda denuncia debe aclararse y cualquier acto de corrupción debe castigarse sin importar colores o apellidos. El problema aparece cuando las acusaciones empiezan a surgir en cascada, mediáticamente sincronizadas y políticamente dirigidas contra prácticamente todos los actores con peso rumbo al 2027.

Ahí es donde nace la duda legítima.

Porque no es la primera vez que aparecen expedientes espectaculares acompañados de filtraciones, campañas digitales, videos, supuestas investigaciones periodísticas y acusaciones demoledoras… que después terminan desinflándose o quedándose cortas en pruebas reales.

Y eso termina dañando algo todavía más grave: la credibilidad institucional.

Hoy da la impresión de que México vive una etapa donde la justicia empieza a mezclarse peligrosamente con la estrategia electoral. Donde los tiempos políticos parecen marcar el ritmo de las investigaciones. Y donde la narrativa pública comienza a construirse más desde la sospecha permanente que desde las pruebas contundentes.

Porque cuando todos son señalados al mismo tiempo, cuando todos parecen culpables antes de ser investigados y cuando el aparato político entra en modo de demolición total, el país corre un enorme riesgo: convertir la justicia en propaganda y la persecución mediática en método de gobierno.

México necesita combatir la corrupción, sí. Pero también necesita instituciones creíbles, investigaciones serias y pruebas sólidas.

Porque cuando el ruido político supera a la verdad, el país entero termina atrapado en la desconfianza.

Y en ese escenario, absolutamente todos terminan bajo sospecha.

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